ElMonito

Me yyamo ElmOnito y tengo 7 años y ¡sienpre boi en primero, nunca paso! Ni tio el señor Lamordes sienpre me reta por qe puro cree qe qero comer chocolate trencito en vez qe llo lo qe puro qero es no aburrirme y jugar. Ogalá jugar a la pelota o tan bien jugar plaistechon o tan bien pegar láminas de álbun. Ni tio es periodista y me ase dormir en el close de su ofisina. Ni tio dise que me qere bastante. LLo tan bien lo qero a él pero es muy retón. Grasia.

Friday, July 13, 2007

ElMonito va a Egipto (Capítulo 13)

¡HELICÓPTERO A LA VISTA!

Los minutos pasan, no en vano. Tanto el tío como su sobrino comienzan a sentir un hormigueo, como una picazón que de pronto se torna insoportable. ¡Son las pirañas, que se los quieren devorar! Los peces le muerden las manos y el cuello al tío y las canillas flacas a ElMonito. No queda otra solución que salir a la superficie, a enfrentar al doctor Cao y a los indios.
Ambos, sin ponerse de acuerdo, sueltan sus cañas snorkel y emergen rápidamente.
-¡Auch! -grita ElMonito.
-¡Ahh! -dice su tío.
Las pirañas aún cuelgan de las ropas y más de una insiste en morder la sabrosa y tierna carne titeril.
-¡Tío, sáqueme esta piraña que me está mascando el huesito de la rodilla!
-¡Shhh! Te la saco al tiro, pero no hables más. Parece que estamos con suerte.
-Ahhh, gracias, pero no la tire tuavía al río, porque quero ver de nuevo los dientes de las pirañas. ¡Chuta, son como escobillitas filudas! Y los ojos los tienen como con sueño. ¿Las pirañas duermen con los ojos abiertos o duermen con los ojos cerrados, tío?
-Shhh...
-¿Y cómo cueden dormir si no tienen cama ni tienen almuada y lo más importante es que cómo van a poder dormir si el agua se mueve y se las cuede llevar la corriente y entonces chocan con una roca y cueden quedar con traubatismo, y entonces las tienen que llevar al hospital...?
-Cállate, gusano con orejas.
-¿Por qué no quere que hable? ¿Le van a dar los turururus de nuevo, querido tío señor Lamordes?
-Shhh... te digo que te calles.
-¿Por qué dijo que estábamos con suerte?
-¿Que no te has dado cuenta?
-¿De qué, tío?
-El doctor Cao no está. Se fueron todos.
Verdá!
-Siguieron el bote. Aún creen que vamos debajo.
-¡Los engañamos, tío!
-Pero no cantes victoria. No deben de andar muy lejos. El bote habrá navegado cuando más unos cien metros.
-Pero cien metros es mucho, tío. Es como el Estadio Nacional.
-Cien metros es menos de una cuadra, tonto. No se demorarían ni dos minutos en volver hacia acá. Aunque en la selva las distancias cambian.
-Vámolos para dentro de la selva entonces, tío, y los perdemos y descués los venimos de nuevo a la orilla y descués no sé qué más.
El tío, que a veces no es tan tonto, le hace caso a la intuición infantil y camina con ElMonito selva adentro, hasta perderse entre unos arbustos que aún gotean por un reciente aguacero. Ambos pasan el día entero bajo las plantas, cuidándose de las arañas, las serpientes y los mosquitos. Cuando anochece buscan un refugio seguro y se duermen, exhaustos. A lo lejos, una fogata despide una humareda que se levanta entre los árboles y sale hacia la atmósfera, oscureciendo un pedacito de cielo. ¡Es el doctor Cao de Nanjing y sus secuaces, que han armado un campamento!
-Títele de nuevo escapal y engañal al doctol Cao -gruñe el chino-... y todo... ¡pol culpa de indios!
Los indios, que ya no tienen corazón, lo miran, indiferentes.
-¡Pelo los encontlalé y los dos molilán! -grita Cao.
Al amanecer, ambos grupos se ponen muy temprano manos a la obra para reanudar la jornada. El pequeño grupo, que conforman el tío y su sobrino, se lanza nuevamente al río, esta vez sobre un tronco de corcho. El grupo de los malos, al mando del maléfico oriental, se divide en tres: cinco indios penetran en la selva, el doctor Cao y otros cinco se internan en las aguas del Amazonas, y dos indios suben a los árboles para detectar el panorama.
-¿Vel al títele desde aliba? -pregunta Cao, mientras los indios reman.
Los indios-vigías mueven la cabeza de lado a lado.
En otro sector de la jungla, no tan lejos...
-¡Tío, parece que escuché la voz del dostor Cao de Nanllín!
-Tienes razón, era él.
-Venía de allá, justo para donde vamos nosotros.
-Pero estamos obligados a seguir. No podemos ir contra la corriente.
-¡Entonces los van a pillar y los van a matar y a lo mejor los come el corazón el dostor Cao de Nanllín!
-No creo, porque ellos también reman hacia adelante.
-De veras. ¡Entonces nunca los cueden encontrar, así que sigamos remando tranquilitos!
-No te confíes.
-¿Cuándo vamos a llegar al río Loa, tío?
-Nunca, leso. Lo que espero es salir a una parte más ancha, donde se pueda ver el cielo.
-Entonces justo le achuntó, porque allá se acaban los árboles y se ve el cielo, porque el río Amazonas se pone más grande y entonces los árboles quedan muy lejos y no cueden taparlos, porque ahora puro los tapan y se ven puros árboles y ramas y puros monos que saltan y ya me estoy aburriendo de nuevo de la selva, tío.
En efecto, el tronco flota ahora en pleno Amazonas y nuestros amigos navegan a río abierto. Cualquiera que mirase ahora desde arriba vería un puntito de vida humana en el río. ¿Cualquiera hemos dicho? ¿Hasta un indio? ¡Por supuesto! ¡Y está sucediendo lo que temíamos!
-¡Dónde, dónde! -grita el doctor Cao, desde su bote.
Los indios-vigías le señalan el lugar del tronco flotante.
El doctor ordena:
-¡Plonto, devolvel lío abajo!
Los indios, que son cinco, como hemos dicho, tienen fuerza y se la ganan a la corriente. El bote de Cao avanza sin grandes dificultades.
-¡Allá estal títele! -grita de felicidad el horrible doctor Cao, apenas divisa el tronco donde navega ElMonito, a lo lejos.
No es el único en hacer el descubrimiento.
-¡Tío, el dostor Cao de Nanllín viene ahora remando para el lado de acá!
-Ahora sí que fregamos, ElMonito. La corriente nos llevará a ellos sin que podamos hacer nada.
De pronto se escucha un ruido de motor, desde el cielo. ¡Es un helicóptero que anda en busca de los pasajeros perdidos del avión! ¡Las esperanzas no han muerto!
-¡Tío, allá viene un helicósteroLos viene a salvar!
-¡Ehhh! ¡Aquí estamos! ¡Auxilio! -grita el tío con toda su voz, que no es mucha.
ElMonito lo aconseja.
-Mejor mueva el puerco, tío, porque yo creo que su voz no se va escuchar adentro del helicóstero. ¿No ve que tienen las ventanas cerradas y tan bien a lo mejor vienen escuchando la radio?
El tío se saca la camisa y la agita al viento. El aparato parece detectarlos, porque bruscamente hace un giro desde la selva hacia el río.
-¡Aquí estamos! ¡Auxilio!
-¡Ausilio, señores del helicóstero! -grita ahora ElMonito.
Mientras, el bote del doctor Cao, que también divisó a la nave, está cada vez más cerca.
-¡Lemal, lemal, pala que helicóptelo no los pueda salval! -ordena Cao- ¡Lemal, lemal lápido, que doctol Cao de Nanjing tenel ganas de comel colazón de títele!
-Nunca te comerás el corazón de ElMonito! -le responde el tío, que ya escucha lo que se habla en la otra embarcación.
-No deje que el dostor Cao de Nanllín me saque el corazón, tío, porque osinó voy a tener que respirar por un tubito, porque no voy a juntar oxígeno cuando me saque el corazón.
El ruido del helicóptero ahora es intenso y calla todo otro sonido. El agua del río empieza a levantar olas debajo de las aspas. ¡De la ventana cae una escala hecha de lienzas y maderos, que se bambolea entre uno y otro bote!
Entonces sucede lo increíble: el tío Lamordes da un salto y se agarra de la escala. Con dificultad comienza a subir los peldaños, sin mirar hacia abajo. Cuando está a salvo, ya en la mitad de camino hacia la cabina del helicóptero, se acuerda de su sobrino, el mequetrefe. Su mente se activa:
-¡Agárrate de la escala, ElMonito! ¡Sálvate! -le grita.
-¡No cuedo, tío, porque usté se mueve mucho! ¡Y en vez que la escalera del helicóstero está muy arriba y entonces yo estoy muy abajo del bote y además que salto y el tronco de bote se va dar vuelta y me voy ahogar y a lo mejor entonces me comen las pirañas, tío...
-¡Es la escala la que se mueve! (el tío les grita a los pilotos) ¡Bajen un poco la escala!
-Pero usté se mueve tan bien, justo para el otro lado de la escala.
-¡Afírmate como puedas! ¡Rápido!
-¡No cuedo!
El doctor Cao también intenta agarrarse de las lienzas y los peldaños y casi lo consigue. Si pensamos bien nos daremos cuenta que los ocupantes del helicóptero sólo ven dos botes en el río. ¿A cuál de ellos le han arrojado la escala? ¿Al tío y su sobrino? ¿Al doctor Cao de Nanjing? ¿A los dos? ¿Pueden distinguir quién es quién desde la altura?
Cuando la balsa de ElMonito ya va a chocar contra el bote del Doctor Cao, ElMonito alcanza a afirmarse del último peldaño y queda volando en el aire.
-¡No te sueltes! ¡Sube, sube hasta arriba! -le ordena su tío.
Arúyeme, tío, porque osinó el Dostor Cao de Nanllín los va sacar el corazón y los va comer el corazón para que sepa!
-¡Sube! ¡Más arriba!
-¡Títele maldito! ¡Molilás como un pelo! ¡Lanzal celbatanas!
Los indios, actuando por instinto, expulsan sus dardos venenosos hacia la escala y casi dan en el blanco. Uno de ellos se entierra en la zapatilla del títere. ElMonito continúa trepando y de pronto unas manos lo agarran y lo suben al helicóptero, ante la desesperación del chino.
-Me salvé -dice ElMonito, mientras se saca el dardo.
-Chuta, es puntudito -agrega.
Los pilotos les hacen preguntas en un idioma extraño.
-Tío, no entiendo lo que me dice el señor Pelé -dice ElMonito.
Los pilotos le muestran una foto de Cao al tío. Desde el río, el chino exclama, rabioso:
-¡Molilán todos!
Lamordes abraza a ElMonito y ambos saltan de alegría.
-¡Estamos a salvo, ElMonito! ¡Gracias a Dios!
-¡Voy a poder jugar a los flíper en Santiago! Y a lo mejor tan bien voy a ver las pidámides de Egisto, chuta, la suerte. Ojalá que no esté cerrado Egisto.
Mientras el helicóptero se aleja, los pilotos se comunican por radio con otras naves. Al parecer les piden que se dirijan hacia donde está el bote que traslada al doctor Cao, porque se les puede ver entre las manos un afiche con el letrero ‘‘Se busca’’ debajo de la foto del chino. No pasan dos minutos cuando se cruzan con dos helicópteros.
-Van a buscarlo -comenta el tío.
-Yo creo que se lo van a llevar preso, porque el dostor Cao de Nanllín es malo, pero lo más importante es que si se lo llevan preso el dostor Cao de Nanllín no va poder sacar niún corazón más de niún niñito, a propósito que a lo mejor les saca el corazón a los presos y todos van a tener que respirar por puros tubitos y más encima que ahora me dio hambre y quero comerme un plátano, tío. ¿Por qué no le pide a los señores del helicóstero que los bajen a la selva para sacar un racimo de plátanos para que los comamos unos plátanos?
Uno de los pilotos le convida un chocolate, que el títere se come con ansias, no sin antes dar las gracias ‘‘a los señores del helicóstero’’. Ya repuestos, tío y sobrino vuelven a ser los de siempre.
-Gracias, querido tío por salvarme.
-De nada, gaznápiro. Tú sabes que tuve que subir primero para poder agarrarte mejor.
-Sí tío, porque si yo subía primero entonces no lo podía subir a usté porque usté es más pesado y usté se está poniendo guatoncito, entonces los caíamos al río Amazonas y los comían las pirañas y si no los comían las pirañas entonces el Dostor Cao de Nanllín los iba a sacar el corazón. ¡Es verdá, no es mentira!
Abrazado a su tío y sentado en sus piernas le habla, mientras observa la jungla desde la altura:
-Cuando grande voy a ser investigador para investigar los misterios de la selva, y tan bien me voy a venir a vivir al río Amazonas porque es más divertido que vivir adentro del clóse, a propósito que lo estaba pasando más bien y justo ahora los rescataron los señores y más encima que no cude ver niún lión y tan poco ya no me daban ni miedo los cocodrilos ni las culebras ni tan poco los pájaros ni siquera zzz... zzz... zzz...

--- FIN ---

ElMonito va a Egipto (Capítulo 12)

EL TÍO PIERDE LA FE


Día y noche. Noche y día. Así se la han pasado durante tres jornadas nuestros amigos, prácticamente navegando hacia donde indique la corriente del río más sorprendente del mundo. A veces reman a cielo abierto, bajo la luna y las estrellas o soportando torrenciales lluvias que duran minutos y que luego dan paso a un sofocante sol que les quema todo el cuerpo. A veces el curso de las aguas los lleva a un espeso follaje donde se levantan enredaderas y helechos de hojas que parecen orejas de elefante y donde vuelan mariposas gigantescas de todos los colores junto con millones de mosquitos que les tornan la vida imposible. Sobre las ramas que se cruzan arriba de sus cabezas dormitan boas o saltan monos chillones, aletean tucanes, corren arañas peludas en busca de alimento. En las orillas croan ranas; por la superficie del río se deslizan caimanes y yacarés; bajo las aguas se mueven feroces pirañas y veloces serpientes. Es la selva en todo su esplendor, de la que ElMonito y su tío ansían escapar a cualquier precio.
-Tío, estoy aburrido de andar en la selva, a propósito que antes me gustaba conocer el río Amazonas y ahora no me gusta tanto, porque ya me aburrí, además que es muy peligroso, porque hay pirañas que mascan y tan bien hay hormigas que pican y tan bien hay animales estraños que me dan susto, pero no hay guanacos que escupen, tío, menos mal, y tan poco hay osos polares porque los osos polares comen focas, entonces como no hay focas entonces no hay osos polares, porque los osos polares se murieron de hambre porque no habían focas y si nacen foquitas entonces van a nacer ositos polares y se van a comer a las foquitas, ojalá que no porque me da tristeza de pena. Y parece que tan poco hay liones, tío, o a lo mejor hay liones y están escondidos detrás de las hojas
-Paciencia, querido gaznápiro, que ya vendrán a buscarnos.
-Yo creo que a lo mejor no los van a venir a buscar nunca y los vamos a morir y descués cuando los entierren van a decir: ‘‘Aquí vamos a enterrar a ElMonito y al tío de ElMonito’’ y la gente va llorar mucho, pero yo no voy a poder llorar, porque voy a estar fallecido.
-¿Y quién crees tú que iría a nuestro funeral en la selva?
-Yo creo que va ir el dostor Cao de Nanllín si es que le avisan. ¡Chuta! ¡Ojalá que no me quera sacar el corazón cuando esté en el cajón, como los vanviros! ¿A propósito que cómo se va conseguir un terno negro el dostor Cao de Nanllín para ir al funeral, querido tío señor Lamordes?
-¡Las cosas que se te ocurren! El doctor Cao tendrá tareas más importantes que hacer que asistir a un entierro.
-¿Cómo son los funerales de la selva, tío? ¿Por dónde pasan los autos?
-¿Qué autos?
-Los autos que llevan el cajón con las flores y los autos donde van las personas que lloran en el primer auto y donde van las personas que van conversando arriba de los autos que van atrás y donde van las personas que se van riendo en los autos del final...
-No hay caminos en la selva.
-Entonces yo creo que los autos tienen que ser puros yic para que cuedan andar por la selva.
-Esos tampoco se la pueden aquí.
-Entonces quere decir que los muertos no se cueden morir.
-Sí. Eso es.
-¡Qué bueno! Entonces no los podemos morir en la selva, ¿no ve?
-¿Eso te alegra?
-Claro, porque no me voy a morir. Entonces a lo mejor alcanzo a jugar a los pleyestechon en Santiago y tan bien a lo mejor alcanzo a coleccionar el albun que estaba juntando y que me faltan como catorce monitos, parece.
-Ah, ya. Qué interesante. ¡Sigue remando, trapo sucio!
-Ya me está retando.
-¿Es que nunca te vas a cansar de hablar?
-Pero si estábamos conversando de las cosas de la selva. ¿No ve que eso es muy importante?
-Cállate de una vez y déjame tranquilo.
-Ya. ¿Quere descubrir una solución a que nos encuentren? Ojalá.
-Quiero meditar.
-Bueno, lo voy a dejar meditar y yo me voy a quedar calladito.
(Veinte segundos después).
-Tío...
-Qué.
-¿Meditó?
-Sí.
-¿Entonces ahora podemos seguir conversando de las cosas de la selva?
-¡Nooo!
-¡Pero si ya meditó!
-¡Cállate, animal! ¡No entiendes nada!
-Entonces esplíqueme y a lo mejor cuedo entender.
-Estoy furioso. Estoy nervioso. Pasan los días y no se escuchan los helicópteros. ¡Ya nadie nos busca! ¡Vamos a morir en esta maldita selva!
-No, tío, ¿no ve que no hay autos, así que no los podemos morir? ¿No se acuerda? ¡Usté mismo dijo!
-¡Bruto, mequetrefe cabeza hueca! ¡Nadie nos va a salvar! ¡Estamos solos! ¡No tenemos remedio!
-No se asuste, tío, ¿no ve que usté está conmigo y yo estoy con usté? Además que los vamos a salvar porque vamos remando derechito a Chile y yo creo que en unos dos días podemos llegar al río Loa y descués los bajamos del bote y tomamos la micro y llegamos a Santiago, ¿no ve?
-Oh, Dios mío, me has abandonado.
-¿Por qué habla como si estuviera solo?
-¡Porque tú eres sólo un mono de trapo! ¡Un títere! ¡Por eso!
-No. Yo soy ElMonito, para que sepa. Y vivo dentro del clóse pero tan bien sé jugar taca-taca igual que los otros niños, y en veces gano al taca-taca, y para que sepa el otro día les gané tres por dos al Toro y al Martínez, y se picaron porque yo jugué solo y con el arquero hice dos goles.
-¡Qué sabes de sentimientos, de angustias! Deja eso a los humanos. Déjamelo a mí. Y quédate tú con tu mundo de fantasía, con sus tonteras de niños...
-No diga eso, porque me pongo triste y me dan ganas de llorar porque en vez que me quera parece que no me quere y se me cueden salir las lágrimas, ¿no ve?
-Estoy solo en la selva. Voy a morir como un perro. ¡No quiero morir!
-No, tío. Va ver no más que el Señor Cejú los va salvar.
-¡Cómo nos va a salvar! ¿Se va a descolgar de los árboles y nos va a salvar?
-Claro, pero tan bien cuede venir corriendo por el río, ¿no ve que el Señor Cejú es esperto en andar por el agua? Una vez...
-Me sé esa historia. No me la cuentes.
-¿La historia de cuando andó por el mar o la de cuando hizo vino y se tomaron todo el vino los señores y quedaron curaditos y más encima que les dio hipo a los señores de los Diez Mandamientos?
-Blasfemo. Vuelves con tus cuentos de niños.
-Pero es que son cuentos de verdá, porque salen en La Biblia, para que sepa.
-Pobre de mí. Solo... perdido... y además... ¡aguantando a este mamarracho!
-Chuta. Fregué. Cuando habla así quere decir que estoy frito, porque senifica que está muy enojado conmigo porque me porté mal. O sea que ahora me va castigar. Fregué.
-No te va a pasar nada. Tranquilízate, si eso es lo que te preocupa.
-Menos mal. ¿Cuándo fue la última vez que me pegó con la correa, tío?
-Nunca te he pegado con una correa.
-¡Sí! ¡El año pasado me pegó con la correa! ¿Que no se acuerda cuando se me cayó la torta encima del poncutador y descués se me cayó un vaso de Fanta en las teclas del poncutador y a usté casi lo echaron del diraio y entonces le dijo al direstor que me iba a pegar con una correa y me pegó con una correa, para que sepa?
-Eso fue sólo un susto que te hice pasar. Para que aprendieras.
-Me dolió el susto porque se me hizo un cototo en la rodilla.
-Esos cototos los tienes de nacimiento, pero... ¡calla!
El tío le tapa la boca a ElMonito y éste guarda silencio. La selva le ha enseñado a escuchar mejor en estos pocos días y ahora le parece haber sentido un ruido extraño en el follaje, muy cerca de donde ellos navegan. Ambos miran hacia todos lados, agitados. Las hojas se mueven, pero podría ser el viento. Los monos chillones se retiran a otros sitios; diríase que escapan de algo, pero los latidos de la jungla son los mismos de siempre, aunque... sí, todo se nota más calmado, como si alguien acechara desde algún punto escondido.
-Shhh -repite el tío.
-Ya -le contesta su sobrino, con un susurro.
De pronto se escucha una voz inconfundible:
-¡Ahola, a ellos!
-¡El doctor Cao de Nanjing!
El siniestro y maléfico chino emerge de las plantas con diez indios que lo siguen, hipnotizados. Todos ellos lucen cicatrices en el pecho, inequívoca señal de que les falta el corazón.
-¡Pol fil los atlapalemos! ¡Doctol tenel ganas de comel colazón de títele! ¡A doctol hacélsele agua la boca!
-¡Jamás te comerás el corazón de ElMonito! -desafía el tío, con una valentía desconocida.
-¡Sí! ¡Me lo comelé entelito! -grita el doctor Cao, y ríe a carcajadas.
Los indios sacan sus cerbatanas y comienzan a apuntar a nuestros amigos, quienes se encogen y tratan de esconderse en el hueco del bote. Los primeros disparos rozan sus cuerpos antes de perderse en las aguas del afluente. El doctor Cao dirige las maniobras desde las ramas. ¡Durante su estada en la selva aprendió a trepar los árboles y a saltar por las lianas!
A los pocos minutos la situación se hace insostenible. El tío, desesperado por los disparos cargados de veneno, propone:
-¿Qué prefieres? ¿Morir en las garras del doctor o mordido por pirañas?
ElMonito, abrazado a su tío, tiritando en el hueco de la embarcación, le responde:
-Déjeme pensar un poquito.
-Decide ahora, porque el afluente se hace cada vez más angosto y pronto el doctor nos alcanzará desde la orilla.
-A ver... es que estoy pensando y no me cuedo decidir, tío.
-Ya vienen los indios.
-Yo lo que más quero es salvarme con usté.
-Entonces, ¡al agua!
El tío arroja a su sobrino al riachuelo turbio y él también se lanza. Con sus manos vuelca el bote, de forma que al sacar la cabeza quedan protegidos por el hueco y pueden respirar. Pero eso no los salvará, porque el bote es fácil blanco del doctor y sus indios. Y si se salvaran de ellos, las pirañas en pocos minutos los dejarían convertidos en puro hueso y uñas, lo que, nos tememos, les sucederá.
ElMonito hace un alcance insospechado:
-Mire, tío. Hay unas cañitas.
Su tío repara en la observación. En efecto, el bote, que flota por la orilla opuesta a la del doctor, roza unas pequeñas cañas que crecen en todo ese sector. De inmediato corta dos. Le pasa una a su sobrino y se queda con la otra.
-Vamos a dejar que el bote se vaya solo, ElMonito.
-Entonces no vamos a poder respirar, tío, y los vamos a morir, ¿no ve que nosotros no somos pescados, porque no podemos respirar debajo del agua porque no tenemos aletas para respirar, porque tenemos que respirar por la boca y si respiramos en el agua los entra el agua por la boca y los ahogamos y los morimos?
-Deja que el bote se vaya. Respira por tu caña y no te muevas de este sitio.
ElMonito hace la prueba y le resulta, pero comete el error de comentarlo:
-¡Se... glu... se cuede!... Glu... glu... tío...
-¡No... glu... hables! -lo reta el tío, quien también traga un poco de agua.
El títere entiende el mensaje y ambos se afirman a las raíces, debajo del agua barrosa, y respiran y continúan respirando, mientras el doctor Cao de Nanjing y su grupo de indígenas siguen al tronco, que se aleja, llevado por la corriente.

ElMonito va a Egipto (Capítulo 11)

NUEVO ENCUENTRO CON EL DOCTOR CAO

El ruido de un helicóptero los despierta al amanecer. El aparato sobrevuela en círculos el Amazonas, como si buscara algo.
-¡ElMonito! ¡Vienen a rescatarnos!
-Menos mal, querido tío señor Lamordes, porque ya estoy aburrido de vivir en la selva del Amazonas. Quero irme altiro a Santiago para ir a la Mansión Siniestra de Fantasilandia o tan bien cuede ser a la Fuente Alemana para comerme un lomito, pero mejor quero ir a ver una película a Cinejói. Quero ver una de monitos de poncutador...
El tío se saca la camisa y le hace señas, pero el helicóptero pasa de largo.
-¡Aquí estamooos!, le grita, en vano.
ElMonito lo ayuda.
-¡Señor del helicóstero! ¡Venga, por favor! ¡Ausilio, señor del helicóstero!
El tío insiste:
-¡Eh, aquí, aquí!...
Pero termina por rendirse:
-¡Bah!... se fue.
-¿Se fue para siempre, querido tío, o va volver?
-Yo creo que va a volver.
-Chuta, menos mal, porque si se fue para siempre no voy a poder subir nunca a un helicóstero, y yo quero subir a un helicóstero, porque me dieron ganas de andar en helicóstero. Debe ser rico.
-No nos vio porque estamos debajo de los árboles. En este sitio la orilla casi no existe.
-A lo mejor no los anda buscando a nosotros, tío.
-Tienes razón, no había pensado en eso.
-O a lo mejor los anda buscando a nosotros.
-Yo creo que sí.
-Yo creo que los anda buscando y al final los va encontrar, ¿nocierto?
-Sí, nos hallará. Pero las posibilidades son mayores si navegamos por el río.
-Hagamos un bote entonces, tío.
-Buena idea.
Tío y sobrino se entregan a la labor con pasión. Mientras uno recoge un tronco entre la tierra húmeda, el otro busca piedras filudas que sirvan para ahuecarlo. Con las primitivas herramientas en la mano se pasan la mañana entera arrancándole lonjas a la madera, hasta que el trabajo empieza a dar sus frutos. Antes de subir a los árboles a tomar sabrosos mangos y cocos como almuerzo, el bote ya tiene forma. En cosa de horas estará a punto de ser lanzado al agua.
-¡Tío, me duelen las manos de guantes! ¡Mire, me salieron unas ampoas! -advierte ElMonito.
-Se dice ampollas.
-¿Y entonces los alambres de púas se dicen alambres de pullas?
-No. Se dice alambre de púas.
-¿Por qué se dice alambres de púas y tan bien se dice ampollas y no ampoas?
-Porque son dos palabras muy diferentes que no guardan el mismo principio ni tienen la misma raíz.
-¿O sea que las palabras tienen raíces?
-Claro.
-¿Y tan bien tienen flores y frutos?
-¡Tonto! ¿Me estás tomando el pelo?
-No, tío. Si usté dice que tienen raíces entonces quere decir que tan bien cueden tener flores y tan bien cueden tener frutos, porque las palabras a lo mejor son árboles, ¿no ve?
-Me refiero a otro tipo de raíces. Es por decir que vienen de la misma parte.
-Ah. No entiendo.
-Mira. De la palabra juego salen jugar, juguete, juguetero, juguetería. Todas empiezan igual, ¿ves? Esa es la raíz de la palabra.
-Ah. Entonces la raíz de la palabra tronco son las ramas y las hojas. Ahora entendí, pero más o menos no más, porque me enredo, así que mejor no me explique nada más, porque estoy muy cansado, tío, y cuando estoy cansado me cuesta más pensar que cuando estoy menos cansado, porque con la craspiración las gotitas no me dejan pensar muy bien, porque me molestan el mate.
Ambos reposan en la hierba, transpirando, con los frutos a medio devorar, hasta que el sonido de las aguas los adormece. Pero el calor y los insoportables insectos no los dejan echar una cabezadita y un poco después ya están en pie para concluir su trabajo.
Sucede entonces la cosa más extraña del mundo. Desde las profundidades de la selva se escucha la voz del doctor Cao de Nanjing. ElMonito y su tío se desplazan lentamente hacia el interior, por un sendero, y se esconden tras las hojas para espiarlo. El maléfico chino, cubierto sólo con un taparrabos blanco, se traga de un bocado el corazón de un simio y bebe su sangre. Salta de rama en rama, con frenesí; busca otros animales para saciar su hambre y su sed, y así se pierde entre la espesura tropical.
Nuestros amigos vuelven a la orilla, lo más silenciosos que pueden. ElMonito aún está asustado.
-¿Era el dostor Cao de Nanllín de verdá o de mentira, tío?
-Me parece que era el único que conocemos.
-¿Y por qué estaba así en las ramas?
-Cada cual busca sus propias soluciones en la vida, ElMonito. Aquí nos tienes a los dos, fabricando un bote para navegar y ser descubiertos por un helicóptero en medio del río. El optó por otra cosa.
-¿Cómo será vivir solo, tío?
-Hay varias maneras de vivir solo. Unas buenas y otras malas.
-Yo digo vivir solo así como vive el dostor Cao de Nanllín.
-¿Y cómo crees que vive el doctor Cao?
-Yo creo que algunas veces vive triste porque vive solo, porque no tiene a ninguna persona para darle un abrazo y un beso y porque tan poco nadien cuede rascarle la espalda.
-La tristeza no tiene cabida en el corazón de Cao. Así que por eso no te preocupes.
-¿Y por qué las personas que están vivas tienen que moverse, tío?
-¿Cómo es eso? ¿Qué quieres decir?
-Que los muertos no se mueven, mientras tanto que los vivos se mueven...
-¿Y qué?
-Que por qué las personas vivas se mueven. Eso.
-Explícate.
-Mire. Por eflenco nosotros los quedamos dormidos en la noche y los quedamos igual que los muertos. Pero en la mañana despertamos y los movemos, ¿no ve?
-Sí veo, pero no te entiendo.
-¡Que cuando estamos despiertos los movemos y cuando estamos dormidos no los movemos! Entonces los vivos por qué se mueven y los muertos por qué están estiraditos, pero yo sé por qué los muertos están estiraditos, porque no tienen fuerza y como están muertos no se cueden mover, en vez que cuando están vivos se cueden mover.
-Ah, ya.
Usté no me ayuda a hacer una esplicación!
-Pero qué quieres decir. Piensa primero y luego habla.
-Que por eflenco por qué el dostor Cao de Nanllín se mueve en las ramas en vez de estar todo el día en una sola parte y a propósito que quere ir a todas partes. Y nosotros en vez de estar puro a la orilla del río ahora los vamos a ir en bote y cuando los encuentren los vamos a ir en avión y descués en Santiago los vamos a seguir moviendo. Eso es lo que quero decir.
-Eso que quieres decir es tan obvio que no tiene respuesta.
-¿No?
-Moverse es propio del hombre y de los animales. Eso es todo.
-¿Eso no más?
-¿Que no has visto a los perros callejeros? ¿Dónde van?
-Yo creo que van a comer comida y hacer pichí a los árboles, pero tan bien hacen pichí en las roquitas y tan bien rascan la tierra cuando hacen caca.
-Van de un lado a otro, sin destino, como tú o como yo, a veces.
-A mí me gusta ir a todas partes, porque me gusta moverme y conocer cosas, pero tan bien me gusta quedarme dormido en el clóse con la luz prendida, no apagada, pero lo que me más me gusta es quedarme dormido y que usté me rasque la espalda.
-Ven, sube al bote y vámonos de nuevo a navegar, que hay que aprovechar el día.
-Ya no se escucha el helicóstero.
-Ya volverá. ¡Vamos, ayúdame!
Tío y sobrino arrastran el bote por la hierba y lo lanzan al agua. Muy pronto dejan la orilla, donde los caimanes y yacarés duermen una larga siesta. Cada uno rema a su manera. El tío hunde el palo y lo mueve hasta que se le cansan los brazos; ElMonito lo pasea por la superficie, jugando a hacer olitas. Dos tucanes sobrevuelan la frágil nave y los monos saltan en los árboles como puntos chillones. El calor ha bajado un poco.
-Tío, yo creo que a lo mejor nunca los van a venir a buscar y los vamos a tener que quedar a vivir en el río Amazonas para siempre.
-Rema, que a alguna parte nos tendrá que llevar la corriente.
-Yo cuando grande quero ser bombero y tan bien quero ser arquiólogo para descubrir las tumbas de los faraones, pero tan bien me gustaría ser periodista como usté, porque me gusta que me pasen aventuras.
-Te equivocas... uf, me canso... te equivocas con los periodistas... mejor sé arqueólogo.
-¿Los periodistas tienen que escribir en poncutador, nocierto?
-Así es.
-Chuta, entonces mejor soy arquiólogo, porque yo no sé escribir en poncutador. ¡Apenas sé escribir en cuaderno niuversitario, tío! ¡Las letras me salen siempre chuecas y nunca me cueden salir derechitas!
-¿Y a qué viene todo esto?
-¡Ah, de veras! Es que si los quedamos a vivir en el río Amazonas no voy a poder ser arquiólogo, porque en el río Amazonas no hay niuversidá de Arquiología.
-Tienes razón. Tonto.
-Y tan poco hay carros de bomberos, porque no hay caminos para que pasen las bombas.
-Verdad.
-¡Chuta! ¡Y tan poco hay diraios, porque no hay tioscos para que se vendan los diraios!
-Una vez más estás en lo cierto, querido renacuajo.
-¿Entonces qué voy a ser cuando grande en el río Amazonas?
-Podrías ser cazador de cocodrilos...
-¡No! ¡Mejor voy a ser Tarzán de los monos!
-¡Ja! ¡Con los músculos que tienes!
-No se ría. Acuérdese que cuando las personas son grandes tienen músculos y cuando son chicas las personas no tienen músculos, porque tienen los brazos muy chicos. ¿No ve que si tienen músculos se les caen de los brazos? Porque los músculos son como unas pelotas de cuero y los brazos míos son como un palito de carne, ¿no ve?
-¡Rema, Tarzán!
-Mire, yo tan bien tengo fuerza. ¡Y remo más fuerte que usté!... ¡Aaaaag!
-No te exijas tanto, que te puede salir una hernia.
-Me cansé.
-Déjame remar un rato a mí solo.
-Me voy a estrenar y descués voy a remar más fuerte. Va ver no más.

ElMonito va a Egipto (Capítulo 10)

SALTO AL VACÍO


ElMonito despierta con los gritos de su tío, sin entender nada:
-¿Qué pasa, tío? ¿Los estamos cayendo de las pidámides?
-¡Ayúdame a remar, que vamos directo a unas cataratas!
-No cuedo, tío, porque no tengo fuerza. Mire, no cuedo doblar las manos, ¿no ve que recién vengo endespertando y cuando uno endespierta no tiene fuerza en la mano?
-¡Haz un esfuerzo! ¡Estamos en peligro!
-Chuta, verdá, porque escucho un ruido como de las cataratas del Niáraga; o como de las cataratas del Salto nel Laja.
ElMonito toma su remo y lo hunde en el río, pero al instante exclama:
-Estoy remando paratrás y el bote se va paradelante, parece que estoy remando al revés, tío. ¡Es verdá, no es mentira!
-¡Tonto! ¡Son las cataratas, que nos atraen!
-¿Entonces remo para el otro lado, querido tío señor Lamordes?
-¡Rema para donde puedas, pedazo de idiota!
-No me rete, ¿no ve que soy chico y a propósito que me cuedo poner a llorar?
-¡Cállate!... ¡Uf!... ¡No puedo! ¡No hay caso!
-Tío, ¿las cataratas del Niáraga son más grandes que las cataratas del Salto nel Laja?
-Ya puedo ver el vacío delante de nosotros. Ahora sí que nos llegó la hora.
-Yo creo que las cataratas del Niáraga son más grandes porque una vez las vi por el Discoverichánel y eran más grandes y descués vi en las noticias las cataratas del Salto nel Laja y las cataratas del Salto nel Laja eran más chicas que las cataratas del Niáraga, parece.
-Ponte a rezar, que ya estamos cerca.
ElMonito deja de mirar a su tío y dirige su vista al horizonte que tiene frente a él.
-¡Chuta! ¡El río Amazonas se ve como que se corta y descués se ve el puro cielo paradelante y los papagayos volando! ¿Dónde está el agua, tío?
-Abajo. Prepárate para un buen chapuzón y nos vemos en el cielo, si Dios quiere.
-¡Pero me da susto! ¡No quero!
-Yo tampoco...
-Voy a tener que tirarme de piquero. Ojalá que no caiga de guatazo.
-¡Ayyyyyy!
La canoa llega a las cataratas y cae como palo de fósforo en cámara lenta. En la mitad del salto se pierde entre la inmensidad de las aguas, la espuma blanca y el vapor que se eleva. Sólo unos pocos pájaros son testigos del drama.
Los minutos pasan y las cataratas no devuelven a nuestros personajes. De la espuma y el vapor no surge nada. Sólo agua y... ¡la canoa vacía!, que flota en forma invertida.
¿Han muerto ahogados el tío y su sobrino? ¿Pasó al patio de los callados el títere de orejas largas y cara de sapo?
Una figura emerge desde la profundidad, con violencia.
-¡Ahhhhh!
­Es el tío, que saca la cabeza para respirar!
-¡Ahh! ¡Ahhh! ¡Ahh!
Nada hacia la orilla, desesperado, incrédulo de haberse librado del tremendo salto. Se agarra a unos helechos que besan las aguas y de un tirón pisa tierra firme. Cerca de él, unos yacarés lo estudian y lo descartan, por extraño. El tío, que no ha tenido tiempo para nada, normaliza la respiración, se estruja el pelo y las ropas y exclama a voz en cuello:
-¡Me salvé! ¡Estoy vivo!
Luego se prepara para continuar su camino, pero se siente insatisfecho, como si algo le faltara. Sólo entonces recuerda:
-¡ElMonito! ¡Se ahogó! ¡Pobrecito!
Mira el ancho río que renace tras la espuma, levanta la cabeza -hacia la inmensa cascada- la baja y la vuelve a levantar.
-De estas cataratas no se escapa nadie, reflexiona.
Debiera estar contento de haberse salvado, pero ya no lo está. Su corazón se comprime y le dan ganas de llorar. Viajaba solo; en el avión se le unió ElMonito; y hoy de nuevo está solo. Pero para siempre.
En medio del Amazonas, una manchita oscura lo intriga.
-¡Cof, cof! -dice la manchita.
¿Será posible...? ¿Será...
-¡ElMonito!
-Tío (grita apenas) no cuedo respirar porque parece que me tragué una piraña mala que me mascó las amícdalas.
Sin pensarlo dos veces se lanza a las aguas y nada hasta alcanzar al títere. Lo toma del cuello y lo trae hacia la orilla.
-Ya llegamos, ElMonito. Te salvarás.
-Caí de guatazo y a propósito que se me llenó la guata de agua y tengo ganas de gomitar.
Una vez en la hierba, el tío le sube y baja los brazos y ElMonito bota más agua que un grifo.
-¿Estás bien?
-Me dio una cosa en la guata cuando iba cayendo por las cataratas, tío, así como eso que me dio cuando fuimos a la montaña rusa, ¿se acuerda?
-O sea que te gustaron las cataratas. Si quieres te tiras de nuevo.
-No, porque son muy mojadas.
-Ah.
-Yo prefiero la montaña rusa porque está en Santiago, querido tío señor Lamordes, en vez que las cataratas del Amazonas están en el río Amazonas y ya estoy aburrido de vivir en el río Amazonas y quero irme al clóse mejor, aunque descués me dé miedo la oscuridá y me salga la Calavera de Gual Disney.
-Te prometo que en cuanto salgamos del Amazonas nos vamos de regreso... si podemos.
-¿Y no vamos a ir primero a Egisto?
-¡Olvídate de Cleopatra y sus esclavos!
-No, si ya me olvidé, porque ahora estoy cansado y mejor quero ir al clóse a descansar un mes y descués nos vamos a Egisto, ¿nocierto?
-Mmm... si así lo dices.
-Tío...
-¿Qué?
-Me está picando de nuevo el pirulín.
-A lo mejor te pegaste en alguna piedra.
-A ver... ¡Mire! ¡Una piraña guagüita me estaba mascando el pirulín!
-¡Ja, ja, ja! Echala al agua.
-Me sacó un pedacito de cuero. ¡Ay, me arde!
-Ya se te pasará.
-¿Existen las pirañas buenas, tío?
-Claro que existen.
-¿Son las pirañas guagüitas?
-Posiblemente.
-Las pirañas guagüitas hay que mirarlas con miproscopio porque son más chicas que las pirañas viejtas, pero las pirañas viejitas no tienen canas y tan poco quedan peladas porque las pirañas viejitas son pescados sin pelos, ¿nocierto?.
El tío y su sobrino dedican la tarde a sacar frutos de los árboles para satisfacer su hambre. Los monos chillan y el calor vuelve a ser insoportable. Millones de mosquitos zumban alrededor de ellos, picándolos aquí y allá, hasta enroncharlos.
-Tío, cuando mato un mosquito no sale nada de sangre, porque es muy chico.
-Qué sacas con matarlos.
-Es que si mato un mosquito queda un mosquito menos, ¿no ve? Y en vez que me piquen cuarenta mil ocho mosquitos me pican cuarenta y siete mil.
-Cuarenta mil siete, que no es lo mismo.
-O sea que me pica un mosquito menos. Pero si mato dos mosquitos... ¡me pican dos mosquitos menos! Y si mato tres mosquitos...
-Ya sé, ya entiendo. No es necesario que expliques tanto. Basta con que lo digas una sola vez.
-Pero descués usté me dice que hablo mal; entonces yo tengo que hablar más largo para que usté me entienda y diga que hablo bien, porque si hablo mal usté me reta y yo me pongo triste cuando usté me reta y me dan ganas de llorar, y en veces lloro y entonces usté más me reta, ¿no ve?
-¡Cállate, que me desesperas!
-Chuta, se despertó una culebra en el árbol, tío. A lo mejor si me mira me cuede hicnotizar y yo me cuedo quedar dormido y me come.
-Tienes razón. ¡Es una tremenda anaconda!
-¿Qué es una naconda?
-La boa más grande del mundo.
-Chuta.
-Y tiene harta hambre.
-Vámolos corriendo.
-No creo que se atreva con nosotros. Si te quedas quieto verás que cambia de rumbo.
-Pero sigue desenrollándose de la rama y a lo mejor que se lanza y abre la boca y me come.
-No hables.
-Tío, ¿por qué las culebras no tienen patas?
-No sé. Guarda silencio, te dije.
-¿Y verdá que un día las culebras van a volver a usar chaleco, como dice usté cuando yo le pido que me compre plei-estechon con juegos para jugar?
-Shhh...
-Yo creo que si las culebras usan chaleco tendría que ser un chaleco sin mangas...
-¡Mira!
Cacturó un monito de la selva! ¡Se lo está comiendo entero!
-Agradece que no fuiste tú.
-Chuta, le va quedar como un abrigo de pelos de mono en el estómago y a lo mejor ahora se pone a gomitar la naconda.
-Está acostumbrada.
-Tío, ¿las culebras tosen?
-Lo ignoro.
-Ojalá que no tosan, porque si tosen a lo mejor la naconda tose el monito y los cae encima el monito y a mí me daría pena si el monito me cae encima del puerco porque el monito estaría con los ojos cerrados.
-Pero si de todas maneras está muerto. Da lo mismo.
-¡No da lo mismo, po! ¿No ve que ahora no lo veo?
-¿Y qué tiene?
-Que si lo veo me da pena y si no lo veo me da menos pena, porque no lo veo. ¡Usté sabe esas cosas! ¡No se haga!
La boa vuelve a su rama a descansar por unas cuantas horas, ya que ha satisfecho su apetito. ElMonito y su tío, extenuados por el día vivido, se duermen a los pies de un árbol.

ElMonito va a Egipto (Capítulo 9)



¡SALVADOS POR UN RAYO!

Cuando ha pasado un buen rato y los indios se hallan en plena selva, buscando en vano, ElMonito y su tío se descuelgan de unas lianas y vuelven al suelo, donde son recibidos por millones de mosquitos. Un relámpago anuncia una nueva tempestad. La lluvia no tarda en caer, a cántaros, y espanta a los insectos. Pero no hay bien que por mal no venga.
-Tío, se puso a llover otra vez y justo andamos sin paraguas porque no se le ocurrió llevar paraguas a Egisto, porque parece que en Egisto hay pura arena porque Egisto es un desierto, pero tiene palmeras cuando sale un guásis.
-¿Un qué?
-Un guásis. Un guásis es donde hay agua y dos palmeras, pero no de las palmeras que se comen, en vez que palmeras de verdá, no de mentira. O sea, palmeras con esas hojas que pican, como cuchillos filudos.
-Shhh, no hables tan fuerte. Recuerda que Cao se encuentra en una de las chozas, esperando a los indios.
-¿Y qué pasó con la maleta suya que llevaba a Egisto, tío? Pero no la maleta del Dostor Cao de Nanllín, en vez que la maleta de usté, no la del Dostor Cao de Nanllín, porque la maleta del Dostor Cao de Nanllín tenía corazones de molgue, dijo usté.
-Me imagino que está en el aeropuerto de Río de Janeiro.
-¿Tenía chicles en la maleta?
-Creo que había un paquete.
-Quero comer chicle.
-Shhh, no subas la voz.
-Tío, los estamos mojando mucho y los alimanes se fueron otra vez a los árboles...
Una visión inesperada desvía la conversación de ElMonito y lo hace exclamar:
-¡Tío, mire!
-¿Qué?
-¡El indio chiquitito!
-De veras. Lo dejaron en el caserío.
-¡Vamos a salvarlo ahora!
-Podría ser. Se me está ocurriendo una idea.
-¿Cuál idea, tío?
-Llevémoslo con nosotros por el río en una canoa de los indios. Es nuestra única posibilidad de escapar con vida.
La tormenta apaga la fogata y deja las chozas a oscuras. Adentro de una de ellas se escucha una voz:
-¡Plendan la luz!
-¡Es Cao! ¡Y está despierto!
-Me da susto, porque me cuede sacar el corazón, tío.
-Vamos. Háblale tú a Yawi e invítalo con nosotros. Pero tiene que ser rápido. Salgamos de la selva y vamos hacia el río.
Tío y sobrino corren hacia la orilla del Amazonas. En el camino están las chozas y el indiecito, que camina por el barro, desorientado.
-Ahora, ElMonito. ¡Háblale!
-Venga, indio chiquitito. Vamos con ni tío a Chile para que conozca Fantasilandia y tan bien para que conozca el Mol Plaza Despucio y para que los compren papas fritas Lays y tan bien para que los compren ramitas. Y descués vamos a ver "Piratas del Caribe 3" o tan bien cuede ser "El Hombre Araña 4", parece.
-Creo que no te escucha.
-Venga, vamos a la balsa para andar en balsa. ¡Si no da susto! ¿Ve que no da susto? Tío, dígale que no da susto.
El indiecito los mira con furia y corre a la choza donde se encuentra el doctor Cao. Entra dando chillidos.
-Nos está delatando, ElMonito. ¡A la canoa!
Ambos se suben a la canoa hecha de totora. El tío toma un remo, saca la nave del barro y comienza a internarse en el río, bajo la tormenta. ElMonito lo ayuda con el otro remo.
-¡Tío, allí viene corriendo el Dostor Cao de Nanllín! ¡Parece que los vio y se va subir a otro bote!
-Rema fuerte, no te des vuelta.
-Me da susto, tío, porque a lo mejor el Dostor Cao de Nanllín los va pillar y tan bien a lo mejor sale un caimán y los masca o tan bien cuede salir una ánguila y los enrosca y los da la elestricidá.
-¡Cállate, animal, que me desconcentras! ¡Rema rápido!
-Se me están acabando las fuerzas, tío, porque yo soy flaquito, ¿no ve que se me ven los huesitos de las rodillas? Además que en el río Amazonas hace calor, porque la lluvia es con calor, porque no es lluvia con frío como la lluvia de Santiago; entonces me da calor y se me quitan las fuerzas, porque con el calor se quitan las fuerzas, porque uno tiene menos fuerza...
-¡Rema, rema, que allá viene el chino miserable!
En efecto, el Doctor Cao parece conocer el curso de las corrientes del Amazonas, pues su embarcación navega más velozmente que la de nuestros personajes. El tío se vuelve, para comparar la distancia que media entre ellos y el bote de la muerte. Ve los ojos luminosos del maléfico oriental sobre las aguas turbulentas y, de cuando en cuando, la luz cegadora de los rayos. No están a más de quince metros cuando cae un rayo y parte en dos una ceiba gigantesca. El árbol se derrumba con todo su peso y va a dar al agua, quedando medio a medio de las dos canoas.
-¡Tío! ¿Vio el rayo? ¡Chuta! ¡Casi los intoxicó!
-Qué dices, animal.
-¡El árbol se está incendiando en el río! ¡Mire cómo escapan los pajaritos y las mariposas y los pelícanos!
-Esos son tucanes, no pelícanos.
-Ah, verdá.
ElMonito contempla estupefacto cómo los simios que se guarecían en las ramas de la ceiba se ven obligados a lanzarse al río, donde se genera un dramático episodio.
-¡Se los comen los cocodrilos! ¡Mire cómo se los pelean en el río y los mascan enteritos a los pobres monitos!
-No sólo los cocodrilos...
-¡Tan bien los caimanes, tío!
-Y las pirañas, que no se ven.
-¡Pégueles con el palo del remo, tío, para que se salven algunos monitos y vengan a la canoa de nosotros!
-Tonto, al contrario. Ojalá no se den cuenta de que navegamos nosotros en el río.
-Pero entonces van a morir...
-Aún no te convences de que estamos en la selva.
-Pero si los monitos no se han confesado tan bien se cueden ir al infierno... ¿o no?... Oiga, tío, ¿existe el cielo de los alimanes y el infierno de los alimanes? Yo creo que en el cielo de los alimanes Dios es como un lión con barba pero con cabeza de lión, no cabeza de hombre como Dios, pero igual es Dios; o sea que es otro Dios, pero tan bien es Dios; y tiene patas de lión pero a lo mejor tiene botas como el Viejito Pascuero, ¡porque cómo va ser un Lión Dios a pata pelada! ¿nocierto?
-Sigamos remando. Alejémonos pronto de este río en llamas.
-... Y yo creo que en el infierno de los alimanes hay harto fuego y cuando los alimanes malos llegan al infierno los recibe el diaulo con cabeza de diaulo y con cachos, pero yo creo que tiene como una banda presidencial y los va pasando a una jaula a los alimanes malos y descués los tira al fuego, igual que en Indiana Yóns en el templo de la perdición, ¿se acuerda?
-¡Nos estamos alejando de Cao! Algo bueno ha provocado este incendio!
Verdá! ¡El Dostor Cao de Nanllín no cuede traspasar el árbol con fuego!
-Sigamos remando, rápido.
-Le voy a sacar pica, tío.
-No seas tonto.
Dostor Cao de Nanllín! ¡No me cudo sacar el corazón y no pienso que me saque el corazón, porque ni tío siempre me va salvar si usté viene a sacarme el corazón!, ¿no vio?
Desde el otro lado de las llamas surge una voz que lo llena de espanto:
-¡El Doctol Cao de Nanjing se vengalá y semblalá el telol en toda la selva!... ¡Venganza selá telible!... ¡Auch, un yacalé!... ¡Mandal un ejélcito de latas que devolal todo lo que encontlal a su paso! ¡Títele selá el plimelo en cael!... ¡Cocodlilos, ilse de aquí! ¡Auch! ¡Cuidado!... ¡Es una olden!
ElMonito se asusta, pero su tío lo vuelve a la realidad:
-¡Ayúdame a remar, que nos vamos de nuevo hacia la orilla!
-¿El Dostor Cao de Nanllín los cuede pillar, tío?
-Si remamos más rápido, no.
-Entonces rememos rápido para que no los pille, porque si remamos más despacito los pilla y tan bien los cueden mascar los caimanes.
-Eso.
-Ya los estamos alejando y parece que el Dostor Cao no cudo seguirlos, porque se quedó enredado en el árbol y a lo mejor se lo comieron los cocodrilos, porque ahora no se escucha la voz del Dostor Cao de Nanllín, tío.
-Ojalá que haya muerto, pero lo dudo.
-Me cansé de remar, tío, porque soy más chiquitito que usté, ¿no ve que tengo siete años no más?
-¿Y qué? ¡Rema con ganas, gaznápiro, si quieres salvarte!
-¡Uf!, no me dan las fuerzas porque se me acalambró el brazo y me da como una cosa en el músculo del brazo. Yo creo que a lo mejor se me echó a perder el brazo y me lo van a tener que enyesar. Mire, tío, ¡me está tiritando el brazo!
-Descansa un poco. Yo sigo. ¡Pero no hables más!
-Bueno, no voy a hablar. Chuta que está oscuro el río...
-Sí.
-... Se siente la pura lluvia y el agua del río que va al lado del bote... ¡y parece que se sienten las colas de los cocodrilos, tío!... Ojalá que sean de mentira...
-Calla.
-Estoy todo mojado y tengo sed. ¿Cuedo tomar agua del río?
-No, que te puedes enfermar.
-Pero tengo ganas de tomar agua.
-Abre la boca y atrapa la lluvia.
-Ya... hummm... pero me entran unas puras gotitas no más, y yo quero tomar harta agua, claro que si venden Fanta me gustaría más tomar una Fanta, o tan bien una Limón Soda o mejor quero un Esprái, porque la bebida Esprái es más rica que la Limón Soda. ¿Hay botes que venden bebidas en el río Amazonas?
-Calla...
-... Tomé un poquito del río.
-¡Qué hiciste!
-Estaba no tan mala y sirvió para que me diera menos sed, porque ahora ya no tengo tantas ganas de tomar agua; o sea que se me quitó la sed, así que me dio hambre.
-¿Me ayudas a remar? Aún no podemos cantar victoria. Cao puede aparecer en cualquier momento.
-Ya, voy a remar un poquito.
-Muy bien.
-Ahora me cansé de nuevo.
-No remaste nada.
-Tengo hambre. Tío, ¿usté ha comido alguna vez un bisté de cocodrilo?
-Qué ideas, las que se te ocurren.
-Yo creo que la carne debe ser dura, porque está llena de puntitas como cachitos. Cuando yo era carnicero le cortaría las puntitas de la espalda con un cuchillo o mejor con un hacha y descués le sacaría el cuero y descués vendería la carne de cocodrilo, pero yo creo que nadien compraría carne de cocodrilo, porque tiene espinas muy grandes y son espinas filudas y tan bien es una carne asquerosa, porque es verde.
-¿Quieres un poco?
-¿Ta más loco?
-Allí va uno. Captúralo.
-¡Uaaaaaa! ¡Rememos! ¡Rápido, rápido! ¡Más fuerte!
-¡Ja, ja, ja! ¡Si es apenas un caimán bebé!
-¡Pero cuando miró se le vieron los dientes! ¡Y tenía mansos dientes, tío! ¡Eran más grandes que así de este porte!
La lluvia se detiene bruscamente y parece que le abriera de inmediato la puerta al calor. Las nubes vuelan lejos y dejan ver las estrellas y la luna llena. Tío y sobrino, en medio del Amazonas, por fin pueden darse un momento de descanso, tras comprobar que nadie los sigue. Toda la selva les pertenece en ese momento, con su quietud, sus misterios, su silencio. ElMonito se duerme en brazos de su tío y éste también echa su cabezadita, tan pequeña que cuando abre los ojos ya amanece.
-¿Eh?, parece que me dormí un minutito, se dice, mientras mira a su alrededor: todo está en calma y los pájaros ya se echan a volar y los mosquitos zumban a su alrededor.
Pero un detalle insignificante lo comienza a inquietar.
-Algo no está funcionando bien -murmura.
Durante varios minutos no logra captar nada, hasta que de pronto empieza a surgir a lo lejos un ruido parejo, leve, persistente, a la vez que...
-Nos movemos más rápido -detecta.
El ruido crece de a poco; la corriente aumenta. Es imposible desviar la canoa hacia la orilla. Los remos no obedecen.
El tío se aterroriza y le grita a su sobrino:
-¡Despierta, ElMonito! ¡Vamos directo a una catarata!

ElMonito va a Egipto (Capítulo 8)

UN VISITANTE INESPERADO


Con sus espaldas pegadas a unos palos clavados en el suelo, tío y sobrino duermen, sentados en la tierra, amarrados de pies y manos. Fuera de ellos, en la choza no hay nadie.
A medianoche el tío despierta al sentir unos pasos que se acercan.
-Sonamos, comenta en voz baja, y resuelve alertar a su sobrino.
-Despierta, ElMonito. Parece que nos llegó la hora.
-Hummm..., ¿que?
-Abre los ojos, querido niño. Aprovecha de mirar.
-Hummm... ¿que ya aterrizamos en Egisto, tío?
-Mejor no despiertes. Sigue soñando.
-¿Dónde están las pidámides?
-No hay pirámides.
-¿Y Cleopatra y sus esclavos?
-No están.
-Tío, ¿por qué está tan oscuro aquí?
-Estamos en la selva. ¿No recuerdas?
-¡Ah, sí! ¡En el Amazonas! ¡De veras, se me había olvidado! Menos mal que me acordé, porque si no me habería acordado entonces a lo mejor que yo iba a ir al desierto a ver las pidámides y entonces me cuedo caer el río Amazonas y los cocodrilos me cueden mascar.
-Viene alguien. Escucha.
-No me cuedo levantar del suelo, tío. ¡Chuta, me acordé que los cacturaron y el dostor Cao de Nanllín casi me saca el corazón!
-Despertaste, ya se ve.
-Me duelen las cuerdas de las manos y los pies, tío.
-Las cuerdas no duelen. Lo que te duelen son las muñecas y las piernas, apretados por las cuerdas.
-Un señor parece que viene caminando despacito, tío. Yo tan bien sentí como unos pasos. ¡A lo mejor es una culebra y a lo mejor es una boa que los cuede comer enteritos!
-Lo que sea, que pase rápido.
-Yo creo que si una culebra pelia con un lión gana el lión, porque el lión es más grande y tiene colmillos, en vez que la culebra es larga y lo cuede enrollar para comérselo pero el lión se la come a la culebra como un joldóc.
-Shhh, parece que es una persona...
-¡Es un indio chiquitito!
-Es un niño.
-No se atreve a entrar, porque parece que es tímido, tío.
-Tan tarde que anda curioseando.
-Venga, indio chiquitito. Entre. Los tienen amarrados, así que no hacemos nada. Venga no más.
(El indiecito entra de a poco, como si tuviera miedo.)
-Venga no más, si no hacemos nada, ¿no ve?... ¡Tío, parece que entiende!
-No te confundas. Está perdiendo el miedo, pero no entiende nuestro idioma.
-¡Sí entiende! Mire: ¿cómo se llama usté?
-...
-Diga cómo se llama.
-...
-Parece que no entiende, tío. Pero no le da susto.
-Le vamos a tratar de pedir que nos libere. ¿Querrá hacerlo?
-Yo creo que a lo mejor que sí.
-Pídeselo tú. Parece que le simpatizas más que yo.
-Venga, indio chiquitito. Mire, allá está el cuchillo. Pesque el cuchillo y lo entierra en las cuerdas hasta que las cuerdas se corten, y descués lo entierra en las otras cuerdas, hasta que las cuerdas se corten, y descués lo entierra en las otras cuerdas, hasta que las cuerdas se corten, y descués lo entierra en las otras cuerdas, hasta que las cuerdas se corten...
-Con una cuerda basta, ElMonito.
-No pos, tío, ¿no ve que entonces los corta una pura cuerda no más?
-Parece que algo entiende.
-Vaya y tome el cuchillo, indio chiquitito... ¡No, no vaya para allá!... ¡Para allá no; para el otro lado!... Para esa esquina... ¡Así!... Ahora, tome el cuchillo y tráigalo para acá...
-¡Bien, ElMonito! ¡Sigue dándole instrucciones!
-Tráigalo despacito... ahora corte la cuerda...
-¿Y? ¿Pasa algo?
-No sé. Espere... ¡Me la está cortando, tío!
-¡Dile que siga, gaznápiro!
-Cállese, que con su voz se asusta... Corte la cuerda, indio chiquitito... Un poquito más... ¡Ya la cortó! ¡Estoy libre, tío!
-Dale las gracias.
-Gracias, indio chiquitito. Páseme el cuchillo para cortar las cuerdas de los pies.
-Libérame a mí ahora.
-Espere un poco, que el indio chiquitito se cuede asustar.
-Tienes razón.
(ElMonito y el indiecito se dan un abrazo. El indiecito se ríe.)
-Ahora somos amigos, indio chiquitito. ¿Cómo se llama?
-A...ya-ya-wi...
-¿Ayayawi?
-Ya-ya-wi... Yawi.
-¿Yawi?
-Yawi.
-¡Se llama Yawi, tío!
-¡Córtame las cuerdas, mequetrefe! ¡Tenemos que huir!
-Ya. Espere un poco, Yawi, que le voy a cortar las cuerdas a ni tío...
-¡Eso es! ¡Gracias, ElMonito! Ahora nos vamos de inmediato y en silencio. Ven, apúrate.
-Pero me quero quedar jugando con Yawi, tío.
-No hay tiempo. Despídete de tu amigo y vamos.
-Chao, Yawi. Tengo que irme porque osinó el dostor Cao de Nanllín me va sacar el corazón y descués no cuedo respirar, porque no tengo corazón.
El tío y su sobrino abandonan la choza en silencio. Tirados al lado de la fogata hay varios indios que duermen, al parecer bajo los efectos de la chicha de yuca y del consumo de coca molida. Desde otra choza surge una voz conocida.
-¡Qué pasal, que dolelme tanto la cabeza!
El tío le susurra al títere:
-Shhh, apúrate, arranquemos. Despertó el doctor Cao.
ElMonito le toma la mano a su tío y lo apura para que se internen luego en la selva. La voz detrás de ellos se va elevando.
-¡Tlael de inmediato al títele, polque tenel ganas de comel y bebel sangle de colazón de títele!
Unos indios se despiertan y obedecen de inmediato la orden. Entran a la choza y la encuentran vacía. Uno de ellos le da la mala noticia. Cao se enfurece.
-¡Ineptos! ¡Tontolones! ¡Escapal títele con su tío delante de sus nalices y no dalse cuenta! ¡La venganza del doctol Cao de Nanjing selá telible!
ElMonito y su tío ya están en la jungla. Apenas se escucha ahora la voz del maléfico chino, quien da una orden que los llena de terror.
-¡Si no habel títele, tlael entonces al niño que caminal celca del fuego! ¡Le sacalé de inmediato el colazón y me lo comelé!
-Qué mala suerte, le comenta el tío a ElMonito.
-¿Por qué, tío?
-Creo que Cao se está refiriendo a Yawi.
-¿Lo van a pillar al indio chiquitito, tío?
-Me temo que sí.
-¡Entonces hay que ir a salvarlo antes que el dostor Cao de Nanllín se coma el corazón del indio chiquitito!
-¡Cómo se te ocurre! ¡Acabamos de salvarnos nosotros y debemos huir! En cualquier momento el doctor ordenará perseguirnos.
-¡Pero el indio chiquitito nos salvó la vida, tío! ¿Cómo quere dejarlo solo? ¿No ve que se cuede morir y descués a lo mejor se va al infierno porque no se alcanzó a confesar con un curita?
-Son costumbres de estos indios. Ellos siempre sacrifican niños para que les vaya bien en sus cosechas.
-¿Quere decir que no lo vamos a salvar al indio chiquitito?
-No podemos. No está en nuestras manos salvarlo.
En el caserío, Cao inicia nuevamente el ceremonial destinado a saciar su hambre y su sed de crimen. Sólo se escucha su voz, mientras los indios vuelven a arrodillarse y el pobre Yawi tirita de miedo en una mesa, amarrado. La hoguera se inflama más que nunca y los ojos luminosos del doctor despiden chispas de furia.
-Honolables antepasados. Os oflezco este modesto colazón de niño indio para sacial apetito volaz y pala que no existan más pelsonas soble la faz de la tiela que tengan colazón.
ElMonito reacciona:
-¡Vamos a salvar al indio chiquitito, tío!
-Olvídalo, ElMonito. Tápate los oídos y sigamos nuestra marcha.
-Entonces yo voy a salvarlo solo no más.
El chino prosigue el ritual.
-... Polque doctol Cao de Nanjing plecisal colazones golditos y tielnos para su galganta y pala su estómago. Ahola vamos a sacal colazón de niño indio y vamos a comel colazón...
El tío toma con fuerza la mano de ElMonito, pero éste se le escapa y vuelve sobre sus pasos.
-¡No lo hagas, ElMonito! ¡No vayas hacia allá!
-Espérese un poquito, tío, que voy a salvar al indio chiquitito y descués vengo altiro a la selva con usté, porque quero irme de nuevo a la casa.
-¡Ven!
El doctor incrusta sus garras en el pecho de Yawi y de un tirón le arranca el corazón y se lo come. Cuando ElMonito asoma su rostro por entre las plantas, alcanza a ver el final de la trágica escena. Su tío lo alcanza y lo detiene.
-No sigas, el Monito. Ya no hay remedio.
-¡Le sacó el corazón al indio chiquitito y ahora el indio chiquitito no tiene corazón, tío!
-Mira hacia otro lado.
-Snif, snif... ¡guaaaaa!
-Cállate, no llores tan fuerte, que nos pueden escuchar.
-Es que le sacó el corazón y se lo comió...
-Pero... ¡fíjate!
-¡El indio chiquitito se está levantando!
-Entonces Yawi no ha muerto. Pero... ¿cómo?
-Quedó vivo, tío. Se salvó.
-Volvamos a la selva, ElMonito.
-No quero, porque quero estar con el indio chiquitito.
Cao ordena:
-¡Ahola captulal de nuevo al títele, polque quedal con ganas de comel otlo colazón!
El tío y ElMonito se miran.
-Parece que los vienen a cazar, tío.
-¡Sube conmigo a este árbol! ¡Pronto!
Los indios toman sus lanzas y sus cerbatanas e inician la persecución. El chino los exhorta:
-No letolnal sin títele, polque de lo contlalio comel colazón de todos los niños de la selva... ¡Polque doctol Cao de Nanjing sel malo!... ¡Sel extlemadamente malo!... ¡Ja, ja, ja!

Thursday, July 05, 2007

ElMonito va a Egipto (Capítulo 7)

EL SACRIFICIO


El doctor Cao escuchaba los ruegos de ElMonito con una sonrisa extraña en los labios. De pronto contestó, bajándose de la esterilla:
-Desglaciadamente no podel decil eso a indios polque no entendel idioma.
-¡Pero parece que los calíbanes me queren comer, dostor Cao de Nanllín!
-Liblo que leel doctol Cao decil que indios del Amazonas pedil saclificio de niño cuando las cosechas estal malas.
-¿Y cómo están las cosechas, dostor Cao?
-Malas. Indios estal en pulo huesito.
-¿O sea que entonces me cueden hacer un satrificio?
El doctor Cao no respondió, sino que metió los brazos dentro de las mangas e hizo una reverencia, bajando la cabeza. ¡La reverencia de la muerte!
-¿Qué cosa es un satrificio? -le preguntó ElMonito, aún inocente de lo que le esperaba.
-Ya velás, quelido títele, ya velás.
Mientras hablaban, algunos indios pintaban sus rostros, otros sacaban tambores de las chozas y otros preparaban una fogata. Mujeres desnudas ofrecían frutas al chino, que éste rechazaba para dárselas a ElMonito, ante la sorpresa de la tribu.
-Gracias, dostor. A mí me gustan los plátanos más que las naranjas, porque los plátanos son más ricos que las naranjas, porque son más blanditos y a propósito que las naranjas dan una cosa porque son ácidas, pero no son tan ácidas como los limones, ¡porque los limones son más ácidos! Una vez me comí como tres limones...
-¡Celal la boca! -ordenó el doctor Cao.
-Ñam ñam... bueno... ñam ñam... ¡tenía hambre, dostor Cao!
-Comel, comel, hasta que ponel goldito. Cuelpo goldito, colazón goldito.
-Oiga, dostor, ¿por qué tenía dos corazones de niñitos en el maletín?
-¡Qué! ¡Dónde estal maletín de doctol Cao! ¡Decil de inmediato!
-Estaba botado en la selva y yo lo encontré botado, dostor Cao de Nanllín. Cuando ni tío lo abrió salieron dos corazones y se los tiró a las pirañas y las pirañas se los comieron al tiro los corazones, y el agua se puso rojita y descués se volvió a poner blanca. Ni tío dijo que era un tránsito de órganos. Y dijo que usté era malo. Yo le dije que sabía antes que él que usté era malo, porque usté tiene las uñas largas, ¿no ve?
El doctor Cao se miró las uñas e hizo un gesto de desprecio.
Atardecía nuevamente y las lenguas de fuego iluminaban la paja y el adobe de las chozas, perdiéndose la luz en la espesura de la selva. Escondido entre el follaje una figura conocida observaba la escena.
-¡Lo último que faltaba! ¡ElMonito capturado por los indios y el doctor Cao transformado en ídolo de la tribu! -se lamentaba el tío en silencio.
Lamentaba su suerte, la de su títere, al tiempo que maldecía haber aceptado aquel famoso viaje a Egipto, que lo había traído hasta aquí.
-Y ahora, ¡cómo hago para salvar a este pedazo de trapo!
Dudaba. Pensaba cobardemente:
-¿Y si me voy, nomás? Después de todo se trata de un títere, no de un niño de verdad. Tampoco es mi hijo y, como mucho, lo he aceptado a regañadientes como sobrino. Sólo me hace pasar malos ratos. Además, si no fuera por él, yo no estaría aquí...
Quería convencerse de lo que decía. Sus miedos más recónditos afloraban a la hora de las reflexiones.
-Nadie lo quiere, nadie lo echaría de menos. Y por si fuera poco, ¿quién me garantiza que si lo salvo ahora no morirá más tarde en las fauces de un caimán o mordido por una serpiente? ¿Qué posibilidades reales tengo de salvarlo, yo solo contra los indios y contra el chino?: ¡ninguna! Estoy frito, soy hombre muerto. Basta dar dos pasos hacia las chozas para que me apresen y hasta me liquiden. ¿Vale la pena perder la vida por ElMonito?
Envuelto por sus temores y obsesiones, que se las ingeniaba para transformar en sólidos argumentos, el tío se bajó del árbol y emprendió la huida, en busca de la remota salvación. Caminó angustiado por la oscuridad y se internó nuevamente en la profunda selva, hasta perderse entre las inmensas hojas húmedas. Sentía de pronto en su oreja el cuerpo liviano de un insecto o el trote por la hierba de un animal desconocido. Descubría con pavor los temibles ojos de un felino, escuchaba el croar de las ranas y adivinaba en un desesperado aleteo la lucha entre una araña gigante y una mariposa nocturna. De todos esos ruidos y de todas esas espantosas visiones, un débil sonido que venía del caserío lo espantó más que ninguno:
-¡Tío señor Lamordes!
El tío se estremeció y quedó rígido como una estatua.
-¡Tío, tío! ¡Ausilio!
No se movía a uno ni a otro lado.
-¡El dostor cao de Nanllín me va a satrificar!
La voz de ElMonito sonaba apenas, como si estuviera en las últimas.
Un impulso irracional devolvió al tío sobre sus pasos. Su caminar se fue transformando en trote y luego en carrera. Lo guiaba la luz de la pequeña aldea.
El tío apareció de las frondosas plantas y se dirigió al maléfico chino. ElMonito estaba tendido sobre un altar, iluminado su esquelético cuerpo por el fuego. Los indios permanecían arrodillados y el doctor, parado sobre un tronco, se disponía a sacarle el corazón.
-¡Qué modales son esos, doctor Cao! -dijo el tío, entre firme y asustado.
-Vaya, vaya, ¿que no sel mi quelido amigo del avión, el honolable tío de este lindo títele?
-¡Suéltelo ya, doctor Cao! Es sólo un niño.
-De eso se tlata, justamente. Colazón de niño sel más lico que colazón de glande.
-¿No pensará...?
-¿Sacal?
-Sí. Sacárselo.
-Clalo que sí. ¡Doctol Cao sacalá colazón y se lo comelá! ¡Y bebelá sangle de colazón polque eso sel lo más lico que habel en planeta Tiela!
-¡No lo hará! ¡Yo se lo impediré!
Los indios seguían arrodillados, pero escuchaban el para ellos extraño diálogo con inquietud. Un desconocido les había interrumpido la ceremonia sagrada y debía merecer un castigo. Pero mientras el siniestro doctor Cao no diera la orden de actuar permanecerían en el suelo. En el aire se respiraba tensión.
-¡Nadie podel impedil a doctol Cao sacal colazón de títele!
-¡Péguele una chuleta en la cueva, tío! -gritó ElMonito- ¡O si no tírele una flecha con un tubito!
-¡Ja, ja, ja! ¡Mila como empezal a sacal colazón!
-¡No podrá!
Ausilio, querido tío señor Lamordes!
-¡Doctol Cao estal afilando uñas lalgas pala sacal el ólgano!
-¡Le daré su merecido!
El tío amenazaba, pero no hacía nada. El chino se acercaba a ElMonito. Los indios seguían en el suelo y el fuego ardía más que nunca, iluminando hasta las copas de los árboles.
Ausilio, tío! ¡Sálveme, por favor!
-Ahola ponel mano en el pecho y apletal hacia adentlo. ¡Ahola intloducil mano en cuelpo de títele y tocal colazón! ¡Mmm... colazón goldito, sabloso colazón!
-¡Tío, me está sacando el corazón! ¡Me duele!
-Ahola hay que sacal colazón con venas y altelias...
El tío no se dio ni cuenta como tomó una piedra y la arrojó a la cabeza del chino.
-¡Toma, bestia! -le gritó.
La piedra dio en el blanco y el doctor cayó al suelo. La herida se cerró de golpe en el pecho de ElMonito y el muñeco de trapo se puso bien de inmediato. Sólo la mano sangrante de Cao delataba la horrenda suerte que había estado a punto de correr nuestro pequeño héroe.
Sin embargo, el tío no contaba con los indios.
Furiosos por haber contemplado cómo caía su ídolo, derribado por un extraño, y sobre todo porque el ritual se había interrumpido en la parte más importante, los indígenas se lanzaron sobre el tío y se lo llevaron a una de las chozas, amarrado de manos y pies, junto a su sobrino.
Otro grupo recogía al sádico doctor, sin sentido, totalmente desmayado por el piedrazo.
Dentro de la choza, ElMonito parecía revivir.
-¡Tío, yo sabía que usté me veniría a salvar!, porque usté no es como los otros tíos que no salvan a los niños, porque usté salva a los niños, pero a mí no más me salva, yo creo.
-Parece que me he vuelto loco... ¡Por qué no me habré ido por la selva!... ¡Ya sabía yo que saldría de las cenizas para caer a la hoguera!
-¿O sea que está contento o sea que está no contento, tío?
-¡Tonto! ¡Nos van a matar a los dos! Si el chino no nos saca el corazón nos liquidarán los indios. ¿Que no te das cuenta?
-Pero usté me vino a salvar y ahora los vamos a escapar, ¿nocierto?
-¡Y cómo piensas huir! ¿Se puede saber?
-Claro. Mire, tío. Usté saca una cortapluma y corta las cuerdas y descués corta las otras cuerdas y los dos quedamos con las cuerdas cortadas y los vamos de esta parca y los escapamos a la selva y los salvamos. ¿No ve que es fácil?
-¡Tonto leso!
-Así salía en Indiana Yons y tan bien parece que así salía en La guerra de las galasias o parece que salía en El regreso del Lledi. ¿En cuál salía, tío? ¿Se acuerda?
-¡Son películas, cerebro de aserrín! ¿Es que nunca vas a aprender?
-Pero no me rete. ¿No ve que le estoy dando una buena idea?
-Perdóname, ElMonito. Tienes razón. Lo que pasa es que estoy demasiado nervioso y asustado. Creo que esta vez sí que estamos en peligro.
-¿A lo mejor los cueden matar, tío?
-Me temo que sí.
-Chuta. ¿O sea que no me va poder salvar?
-Me temo que no.
-¿O sea que a lo mejor me muero, tío?
-Es posible.
-¿Y si me muero me voy a ir al cielo o al infierno, tío?
-¡De las cosas que te preocupas!
-¡Es que no he hacido la primera comunión y a lo mejor entonces me voy al infierno!
-Tranquilízate. No te vas a ir al infierno.
-Ah, menos mal. Pero nunca me he confesado, tío, y tengo muchos pecados, yo creo que tengo como mil catorce pecados. ¿Me cuedo confesar, por si acaso?
-¿Y quién te va a confesar aquí en la selva?
Usté! Mire: hace como que es curita y me confiesa, ¿no ve que es fácil?
-¡Pero nadie puede suplantar a un sacerdote! Tú te salvarías, pero yo me iría directo con Don Sata.
-Es que pregúnteme no más por mis pecados sin decir que es curita, y descués me da la escomunión.
-La absolución.
-La acsolución.
-Mmm... si es tanta tu preocupación...
-Estoy creopupado porque es muy importante confesarse antes de morirse, porque así salió una vez en Marcenilo panivilo.
-Ya. Calla. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo...
-Amén.
-¿Has pecado, ElMonito?
-Sí, tío.
-Dime tus pecados.
-Una vez dije que quería comerme un helado de chocolate y usté me lo compró, pero me quería comer un lolipop, entonces quere decir que dije una mentira, porque no quería comer helado de chocolate, en vez que quería comer de agua. ¡Y más encima que usté me compró de barquillo y yo quería de palito...
-¡Basta, basta! ¡Eso no es un pecado!
-¡Pero era una mentira y es malo mentir, tío! ¡Es verdá, no es mentira!
-Confiesa un pecado como la gente.
-¡Ah! Una vez prendí un fóforo y casi se incendió el clóse.
-¿Por qué lo hiciste, querido sobrino?
-Porque tenía miedo de la oscuridá, querido tío.
-Bueno. Estás absuelto de tus pecados.
-Gracias, tío. ¿Tengo cuántos padrenuestros que rezar?
-Ninguno.
-Entonces no vale, porque como tres padrenuestros hay que rezar o como catorce padrenuestros algunas veces, tío.
-Bien. Entonces reza tres padrenuestros.
-Ya.
(Al rato).
-Tío...
-¿Ya rezaste?
-No.
-¿Y qué esperas?
-Es que me sé hasta Padre nuestro que estás en los cielos no más. ¿Qué sigue descués?
-Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino...
-Ah, ya me acordé. ¿Y descués el Señor Cejú da el pan de cada día con Dorina o con mermelada de mora, tío?
-Solo.
-Ah, sí, de veras.
-Sigue rezando.
(Al rato).
-Tío, ya terminé.
-Bien, ¿quedaste por fin más tranquilo?
-No.
-¿Por que? ¿Qué te pasa?
-Es que no me quero morir tuavía.