ElMonito

Me yyamo ElmOnito y tengo 7 años y ¡sienpre boi en primero, nunca paso! Ni tio el señor Lamordes sienpre me reta por qe puro cree qe qero comer chocolate trencito en vez qe llo lo qe puro qero es no aburrirme y jugar. Ogalá jugar a la pelota o tan bien jugar plaistechon o tan bien pegar láminas de álbun. Ni tio es periodista y me ase dormir en el close de su ofisina. Ni tio dise que me qere bastante. LLo tan bien lo qero a él pero es muy retón. Grasia.

Tuesday, June 26, 2007

ElMonito va a Egipto (Capítulo 6)

EL ASESINO DE LA SELVA

Tenemos repartidos a nuestros personajes en la jungla del Amazonas. ElMonito ha sido atrapado por una tribu de la que hasta el momento no sabemos nada, salvo que sus miembros usan cerbatanas. Su tío, muerto de miedo durante la tormenta, recobra fuerzas y vuelve al sendero que lo ha de llevar a su querido títere, espera él. Pero hay un tercer personaje del que nos habíamos olvidado. ¡El doctor Cao de Nanjing! ¡Qué error el nuestro, el de pensar que había muerto y que su historia se acababa al final del cuarto capítulo!
Error, sabrán, porque el fatídico doctor, al igual que ElMonito y su tío, se salvó y ahora está en la selva, cerca de ellos.
Ningún ser humano lo ha visto aún. Reconstruyamos, pues, su historia.
Cuando cayó del avión saltó de sus manos el misterioso maletín, que encontraron más tarde ElMonito y su tío. El doctor Cao fue a dar a las ramas de una ceiba, el árbol más gigantesco del Amazonas, que puede medir lo que dos postes de alumbrado, uno arriba del otro.
-¡Ay -dijo, cuando estuvo bien agarrado del árbol- lama entelal espalda!
El doctor es un hombre malo, pero inteligente. Como ya lo han descubierto, se nutre de corazones de niños, que arranca a cualquier precio. Cuando no los puede sacar con sus propias manos los compra recién muertos, como lo hizo con aquellos corruptos empleados de la morgue. ¡Pero los paga con billetes falsos, porque él no conoce las reglas morales!
Para el doctor Cao de Nanjing todo vale, con tal de satisfacer su constante apetito de corazones infantiles, frescos y tiernos.
¿De qué ha vivido entonces el doctor en la selva, si no se ha topado con ningún ser humano?
Luego de su aterrizaje, el chino bajó por la ceiba, abriéndose paso entre sus magníficas hojas rojizas. En tierra firme satisfizo su sed y de inmediato se dio a la tarea de buscar qué comer. Estudió el entorno sin ninguna clase de admiración, sino solamente con afán práctico; reparó en el tipo de flora y fauna en el que se hallaba inmerso, y muy pronto surgió en él la terrorífica idea.
Colgado en unas lianas vio a un grupo de monos y razonó de inmediato: ‘‘mono sel animal más palecido al homble’’.
¡Oh, no! ¿qué se propone el doctor Cao?
-Lindo monito. Venil pala acá, con tatita Cao de Nanjing.
-Mic mic mic -respondían los monos, desconfiados.
-Comel plátano que doctol sacal pala monitos. Lico plátano, liquísimo plátano que gustal a todos los monitos.
-Mic mic mic.
El más chico se fue acercando, como siempre, porque los niños son las personas más confiadas del mundo. Sus ojos y su olfato se dejaron tentar por el banano que le ofrecía el horrible asesino. Cuando estuvo muy cerca... ¡cuidado! El doctor Cao lo agarró de una mano y lo atrajo hacia su cuerpo, mientras los demás monos aullaban, como pidiendo auxilio.
-¡Mic mic mic!
-Ya sel mío. Sentil mucho, quelido monito, pelo colazón de niños sel alimento de doctol Cao de Nanjing. Sin colazón, doctol Cao molil en la selva. Y doctol Cao no deseal molil, sino que deseal estal vivo y sin hamble.
Mientras hablaba, el pequeño mono movía las patitas y las manos. De pronto surgió del pecho del pobre animal la mano ensangrentada del horrible chino, con el corazón del mico aferrado entre las garras. ¡Glup!, de un solo bocado se lo comió.
-¡Mic mic mic! -chillaron los demás monos, horrorizados, y huyeron por lacres, lianas y gomeros hasta perderse en la densa jungla.
-Colazón de monito sel buen alimento mientlas doctol Cao de Nanjing encontlal niños de veldad. Mmm, no está mal, tenel sabol palecido -pensaba en voz alta el siniestro personaje.
El doctor Cao no es feliz en ninguna parte, aunque si le dan a elegir, prefiere la ciudad antes que vivir en contacto con la naturaleza. En la ciudad le es posible desarrollar todas las facetas de su maldad, mientras que entre plantas e inocentes animales sus acciones no le provocan la satisfacción que eternamente anda buscando. Para él, un corazón de monito es como un plato de albóndigas, que sirve para quitar el hambre; mientras que un palpitante órgano infantil equivale a una verdadera torta de chocolate, o si se prefiere, a un paquete gigante de papas fritas.
Por eso, apenas hubo satisfecho su apetito a costa del pobre macaco, se entregó a la tarea de construir una balsa. No le costó mucho, pues cerca suyo había un tronco destruido por un rayo, que ahuecó lo suficiente como para convertirlo en bote. Lista su faena, fabricó un remo y se largó a navegar por un afluente del Amazonas. Se fue despacio, eludiendo las lianas que colgaban de los árboles, por un riachuelo metido en la oscura selva, mirando de vez en cuando las mariposas gigantes que se le atravesaban y los rayitos de sol que de repente le daban en la cara, esquivando los tacos que se armaban en el agua o frenando la barca cuando la corriente se hacía más brusca; mirando hacia arriba cuando surgían voces de animales o mirando hacia abajo, si un caimán se acercaba demasiado. Así navegó hasta que de pronto el río se ensanchó, cambió de color y se incorporó al gran Amazonas, que le abrió todo un horizonte.
-Qué lío tan glande, palece como si fuela un mal o un océano -exclamó, asombrado.
Tanta navegación lo cansó. A media tarde se dejó llevar por la placidez de la corriente y se quedó dormido arriba del tronco. Debió dormir más de lo común, porque cuando despertó el sol ya se ponía y de nuevo tenía hambre. Atracó el bote a la orilla y se sentó a esperar la llegada de los infaltables monos.
Es hora de que sepan que el doctor no necesita linterna, porque tiene ojos luminosos. Alumbran como pequeños rayos, casi como focos de bicicleta. De noche, pues, su aspecto es más temible que de día, tanto para los seres humanos como para los animales.
Cao alzó la cabeza hacia los árboles, buscando qué comer. Oscurecía.
-Qué piedla tan dula donde estal sentado. Palecel como cuchillo -dijo.
No se daba cuenta de que se iba moviendo solo hacia el río, hasta que miró al suelo y descubrió que se había sentado en el lomo de un caimán. El animal, de piel bastante insensible, tampoco había reparado en lo que llevaba a cuestas, hasta que ambos de repente se miraron a los ojos y se desató la batalla. ¡El reptil abrió sus fauces e intentó devorar al maléfico doctor!, pero éste tomó el remo y le dio de palos. El animal agitó la cola como un látigo y le partió en dos el remo, dejándolo sin armas aparentes, obligándolo a retroceder a la espesura.
Desde los árboles, varios indios camuflados contemplaban en silencio la pelea.
-¡No me comelás, cocodlilo! -gritaba el doctor- ¡Sabel que ningún animal sel capaz de vencel a doctol Cao de Nanjing!... ¡Polque doctol Cao de Nanjing tenel podeles!... ¡Auch!... ¡Y siemple ganal!... ¡Uf!... ¡Nunca peldel!
El caimán y el maléfico chino continuaban forcejeando en la hierba húmeda de la selva y sus cuerpos, como rodaban, se iban acercando a la orilla, donde esperaban más caimanes hambrientos.
¿Perderá la lucha por fin el doctor Cao? ¿Irá a dar a las fauces de los saurios?
Cuando la batalla parecía decidida en favor del animal, de pronto éste abrió el hocico, se retorció y agitó la cola varias veces, hasta quedar exánime. El doctor, respirando dificultosamente y todo rasguñado, se hizo a un lado y retiró de un golpe su mano derecha del cuerpo del caimán, arrancándole el corazón ante la mirada atónita de los indios y el instintivo terror de los demás saurios, que de inmediato se echaron río adentro.
-¡Ja, ja, ja! ¡Otla vez doctol Cao ganal lucha cuelpo a cuelpo! -gritaba el siniestro personaje. Y hasta los búhos callaban y no se sentía un sólo ruido en la selva, porque el mal nuevamente había vencido y los animales, chicos y grandes, corrían a sus escondrijos antes de que Cao los detectase.
-Este colazón sel asqueloso, no tenel gusto a nada... ¡guac! -comentaba el doctor, sentado a los pies de un plátano, con la víscera del caimán en la mano-... pelo... qué vel mis ojos... ¡indios con tapalabos!
En efecto, los indios, vestidos sólo con taparrabos, bajaban lentamente de los áboles, como si obedecieran una orden, hasta que el doctor quedó rodeado. Eran más de veinte contra un solo chino. Ya estaba oscuro.
¿Habría llegado su fin esta vez?
Entonces sucedió lo inesperado: ¡los indios se arrodillaron a sus pies y le comenzaron a hacer reverencias! ¡Lo confundían con un dios, por tener ojos luminosos y haber vencido al gran caimán!
-¡Qué indiecitos tan inocentes! De segulo habel indios niños entle ellos. Vamos a vel de qué tlatal todo esto y qué plovecho podel sacal -exclamó Cao.
Los indios lo subieron a una esterilla y lo llevaron en andas entre cuatro, mientras dos le iban echando aire con hojas de palmeras.
-Qué ailecito má lico; seguil, seguil -comentaba el criminal, con esa vocecilla que lo hacía aparecer como un inofensivo hombrecito.
La caravana caminó toda la noche por la selva y el doctor, sintiéndose cómodo a pesar del calor y la humedad, se dedicó a dormir hasta bien entrada la mañana. Cuando despertó le pareció todo igual: los árboles y plantas eran los mismos, los monos saltaban de rama en rama y las aves y mariposas maravillaban con sus colores. Un papagayo parado en un gomero habló algo sumamente extraño, aunque familiar:
-¡Tío señor Lamordes, tío señor Lamordes! -decía desde lo alto del árbol.
-¡Qué culiosidad más glande! -pensó el doctor Cao- Este animal habel estado con alguien que sabel nomble del pasajelo señol Lamoldes. Y única pelsona que sabel su nomble en el avión sel... ¡ElMonito!
El doctor sonreía de sólo pensar en el títere.
-Eso quelel decil que ElMonito estal también en Amazonas y celca de aquí, polque pájalo imital sonido y aplendel nomble de boca de ElMonito. Entonces todavía podel sacal colazón de títele, que sel blandito.
Ahora caía el temporal, el mismo que sorprendió a nuestros amigos. Los indios se guarecieron y protegieron a su nuevo dios, el doctor Cao de Nanjing. Luego del chaparrón siguieron su camino por la hierba espesa. Las serpientes volvían a salir y amenazaban las piernas de los indios, quienes parecían adivinar su presencia, pues siempre las esquivaban con éxito. De pronto la selva se abrió y por primera vez el doctor Cao vio tierra a sus pies, no plantas ni pasto. A lo lejos divisó un claro en el que se levantaban seis a siete chozas. El lugar limitaba con una orilla del río. Mientras el grupo hacía su ingreso con el doctor Cao a cuestas, del sendero opuesto surgió otra comitiva de indígenas con su prisionero. Ambos recién llegados a la tribu se miraron las caras:
-¡El dostor Cao de Nanllín! -gritó ElMonito y puso una cara de terror, dándose cuenta de que ahora, en vez de un peligro, tenía dos.
-¡Títele del avión! -dijo Cao, sonriente.
-¡Me pillaron los calíbanes y parece que me quieren comer, porque en el viaje me pegaron unas mascadas! ¡Es verdá, no es mentira! -le comentó al doctor.
-No pleocupal, quelido títele. Doctol Cao de Nanjing contlolal indios. Tlibu sel muy pacífica.
-¿Entonces no me van a comer, dostor Cao?
-Los indios no... este, indios no comel a ElMonito. Indios comel plátanos, flutas y animales. No comel seles humanos ni títeles.
-Chuta, entonces me salvé. A lo mejor voy a alcanzar a ir a Egisto con ni tío a conocer las pidámides, pero no cuedo ir solo porque no me sé el camino. Ojalá que ni tío no se lo coma un lión de la selva y venga a buscarme para que nos vamos a Egisto.
Los indios bajaron a tierra al doctor, mientras amarraban a un palo a ElMonito. El títere, extrañado, le decía a Cao:
-¡Dígales que me suelten, dostor Cao de Nanllín! ¡Dígales que soy amigo suyo!

(Continuará)

Tuesday, June 19, 2007

ElMonito va a Egipto (Capítulo 5)

BAJO EL MANTO DE LA JUNGLA

Si quisiera aplicarse para este caso la rara constante, diríamos que ElMonito y su tío efectivamente tuvieron suerte de principiantes en su primera noche en la selva: no les llovió, no los picó ningún bicho ni los asustó ningún animal grandote y ambos -sí, ambos, los dos- durmieron plácidamente a los pies de un gomero, no esos gomeros que conocían en Chile, sino un árbol verde, de hojas espléndidas y alto como un eucaliptus.
Pero como todos sabrán, a la noche sucede el día y al despuntar el alba no sólo despiertan los seres humanos (unos pocos, por lo menos), sino también los animales... ­¡y vaya qué animales!
Ahora, por ejemplo, tenemos una curiosa escena a los pies del gomero, en medio de la jungla. Una decena de monos de cola larga han bajado de otros árboles y rodean a nuestros amigos. Observan con especial detenimiento al títere. Huelga decir que como buenos flojonazos, tío y sobrino roncan como contratados.
-¡Brrrr!, zzz, ¡brrrr! -dice el tío.
-¡Jrr!, zzz, ¡Jrr! -replica su sobrino.
-¡Hic hic mic mic! -dicen los monitos.
Sigamos el hilo de la trama.
-¡Brrrr!... ¿Eh? ¡Hummm! ¡Ahhh! ¡Qué noche!
-¡Jrr!, zzz, ¡jrr!
-¡Hic hic mic mic!
-¡Vaya, vaya! ¡Tenemos visitas!
-¡Jrr!, zzz, ¡jrr!
-¡Despierta, gusanómeno de trapo! ¡Te vienen a ver!
-¿Ah? ¡Jrr! Me está quitando la bandera de Chile...
-Qué bandera ni qué género ni que nada. ¡Despierta, badulaque!
-¿Ah? ¿Qué? No me la quite...
-Estás en la selva. Ya es de día.
-¿Ah?... la bandera... ¡Bah! ¡Me había quedado dormido y estaba soñando un sueño! ¿Chile no salió campión del Mundial, querido tío señor Lamordes? ¿Dónde estamos?
-¡Mundial! ¡Ja! Estamos en la selva, ¿no recuerdas? Mira a tu lado.
-¡Unos monitos! ¡Qué lindos! Venga monito, venga monito...
-Parece que te confundieron con algún pariente.
-¡Ji, ji! Los monitos creen que yo soy un monito de la selva, tío, en vez que yo soy un ElMonito de la ciudad, ¡ji, ji, ji! ¡Qué divertido!
-Creo que les caíste bien.
-¡Me queren subir a los árboles, tío!
-Bueno, sube con ellos.
-¡Está más loco! ¿No ve que yo no tengo cola?
-¿Y eso qué tiene que ver?
-¡Mire, fíjese! ¡Con la cola se toman de las ramas y se cambian de las ramas!, ¿no ve? ¡Y además que con las patas se afirman tan bien de las ramas, porque las patas son manos, porque tienen dedos como manos, ¿no ve que tienen un dedo al ladito, mientras que nosotros no tenemos un dedo al ladito, porque tenemos puros dedos para adelante?
-¡Oye, qué observador eres!
-Sí, y además que yo no soy un monito. Yo soy ElMonito y a propósito que yo hablo, mientras que los monitos no hablan, porque son monitos no más, mientras tanto que yo soy ElMonito.
-De hablar, claro que hablas. Pero de allí a que hables bien...
-Mire como saltan, tío. ¡Parecen trapecistas!
-Son magníficos. ¡Auch! ¿Qué fue eso?
-¡Ja, ja, ja! ¡Le tiraron un racimo de plátanos en la cabeza!
-Son pícaros estos monos. Pero bueno, algo resultó de todo esto. ¡Tenemos desayuno!
-Pero los plátanos no son desanuyo, tío. El desanuyo es tomar la papa o tomar Milo con leche y comer un pan con mantequilla con mermelada de damasco, o mejor con mermelada de mora. A mí me gusta más la mermelada de mora que la mermelada de damasco, tío. Pero el manjar tan bien me gusta, pero el manjar no es mermelada. Tío, ¿el manjar es mermelada o no es mermelada?
-Olvídate del desayuno de ciudad. Para que sepas, el desayuno es cualquier cosa que se coma en ayunas.
-¿Y qué cosa es enallunas, tío?
-En ayunas es no haber comido nada antes de haber comido algo. ¡Bah, estoy hablando como tú!
-Los pobres siempre tienen enallunas, pero cuando les dan un pancito ya no tienen enallunas, pero les dura poquito el pan y descués tienen de nuevo enallunas.
-Mmm... chomp, chomp, chomp... sabroso.
-Déme un plátano.
-Come. Aquí tienes.
-Gracia. Chomp, chomp, qué rico, pero me dio sed. Voy a tomar agua.
-¡Cuidado con las pirañas!
-No se creopupe, tío, porque con este palo les pego y yo creo que las cuedo matar a todas las pirañas.
-Mmm... y ahora, a pensar qué hacer para salir de esto... Vaya, qué silencio más extraño. No hay ningún mono en los árboles. Parece que se hubieran ido todos.
Ausilio, ausilio! ¡Sálveme, tío!
-¡ElMonito! ¡Dónde estás!
-¡Ausilio, ausilio, me llevan!
-¡Dónde estás!
-¡Me llevan los calíbanes!
Al escuchar el llamado de auxilio, el tío pareciera que se vuelve a poner cobarde, pues se esconde entre unas hojas gigantes. Atónito, contempla cómo unos indios pasan por el sendero, llevándose a ElMonito, quien continúa con sus gritos.
Ausilio, ausilio! ¡Sálveme, tío! ¡Me van a comer los calíbanes!
Los indios portan flechas y cerbatanas. El tío prefiere seguirlos a prudente distancia que ofrecerles combate frontal. Aún no sabe si son pacíficos o guerreros. Lo único que sabe es que son muchos y que van armados. Para colmo, el calor es agobiante y la lluvia y el viento de pronto se dejan caer con furia. Los indios se pierden bajo el manto de la jungla, mientras los delgados y altísimos troncos de los árboles se mueven como serpientes y de pronto las copas, al desplazarse con el viento, dejan ver el cielo negro y rayos que nacen pequeños y brillantes para irse agrandando y ¡crash!, fulminar aquí y allá pedazos completos de selva, como dados que caen al azar en el paño verde de una mesa.
¡Indios, lluvia, viento, rayos y truenos! Ahora sí que el tío y ElMonito están en la selva. Perdidos, separados, y uno de ellos convertido en rehén. De un viaje les vino la mala.
-¡Tío, emprésteme un paraguas, que me estoy mojando el puerco!, grita a lo lejos ElMonito, y su voz se confunde con el silbido del viento y el murmullo del agua que comienza a correr por la hojarasca, hasta llegar a los tobillos, y seguir subiendo.
-Será mejor que soporte el aguacero desde un árbol -refunfuña el tío, mientras comienza a subir a duras penas por lianas resbalosas. Pero él no ha sido el único en tener la idea. A salvo de las aguas, sentado en la horqueta de un caucho, mira con pavor cómo al mismo tronco van trepando tarántulas, escorpiones, ofidios de diversos colores y tamaños, roedores, lagartos, hormigas por millares. Pájaros multicolores, habituados al fenómeno climático, se lanzan a devorar a los insectos pequeños, pero algunos son cazados por serpientes que se mueven como el relámpago. Los monos, en lo más alto de las ramas, parecen trapecistas de circo.
-Que pase luego, que pase luego -tirita de miedo el tío, y las hormigas buscan en sus ropas un lugar donde esconderse y los lagartos no le temen, y más de uno le echa su mascada, para probar la carne humana.
-¡Auch!, ¡déjame, déjame! -patalea el tío, a punto del desmayo, y decide subir más alto, hasta donde algunos animales ya no llegan. Cuando lo ha logrado nota algo extraño que no sabe cómo definir. Después de pensar un buen momento, se da cuenta de que la selva de nuevo está en calma y de que han retornado el canto de las aves y los chillidos de los monos. Mira hacia arriba y ve un sol esplendoroso. Mira hacia abajo y ve una nube que viene subiendo: el agua que cubría el piso de la selva ya se ha evaporado y otra vez todo es calor, humedad, vida latente.
-¡Oh! ¿saldré alguna vez de aquí? ¿alguien me estará buscando? -suspira el tío. Y baja hasta tocar el sendero barroso, por el cual inicia el camino que lo lleve hasta donde se encuentra su querido títere.

(Continuará)

Friday, June 15, 2007

ElMonito va a Egipto (Capítulo 4)




PERDIDOS EN LA SELVA

Un aire húmedo y caliente recibe a ElMonito. El títere grita, desesperado, pero de pronto su vestido se infla y se abre igual que un paracaídas. El descenso se hace lento y casi agradable. Lo único malo es que abajo lo esperan los misterios de la selva y el Amazonas. Nuestro amigo no sabe si estar asustado o feliz, o ambas cosas. Algo, sin embargo, lo tiene intranquilo, algo que ha olvidado por un momento... o ¿alguien?
-¡Zuiiiiiiip!
Un objeto pesado que parece cometa cruza por su lado.
Ni Tío! -exclama ElMonito, y luego lo llama con todas sus fuerzas- ¡Tíooooo, tíoooo!
Abajo, muy abajo, en lo ancho del Amazonas, se escucha un sonido leve, casi como un corcho cuando cae a la tina:
-Pluf.
ElMonito, testigo de la zambullida de su tío en el río, lo alerta desde el aire:
-¡Nade a la orilla de acá! ¡No se hunda! ¡Nade más fuerte!
Su tío no se ha dado cuenta de los consejos que le envía su sobrino. Sólo está preocupado de llegar a tierra firme. Ya habrá tiempo de otra cosa. Pero el muñeco insiste:
-¡Nade más fuerte, porque unas cositas largas lo van siguiendo y lo van alcanzar! ¡Parece que son cocodrilos!
En efecto, el tío mira de repente hacia atrás y advierte la presencia de saurios que se le acercan con ojos lánguidos. La visión tiene el efecto de un golpe de corriente, pues en dos segundos alcanza la orilla. Los yacarés, desorientados, vuelven a sus escondrijos, al otro lado del río.
Mientras el tío estruja sus ropas y se saca el agua de los zapatos, ElMonito continúa su lento descenso, acercándose más y más a las copas de los árboles, hasta que ¡plum! se agarra de unas ramas y ya está en la selva; mejor dicho, donde termina la selva, o en lo más alto de la selva. Porque en la selva propiamente tal aún no está. Y si estuviera tal vez quisiera salir de ella a toda costa. Pues no hace más que comenzar a bajar por las ramas cuando siente un intenso cosquilleo. Al mirar sus zapatillas nota que han cambiado de color, de azul a pardo. Algo se mueve en sus piernas... ¡hormigas gigantes!
Ausilio, ausilio -grita- me van a comer las hormigas!
El tío, unos veinte metros debajo de él, se incorpora bruscamente:
-¡ElMonito! ¡Dónde estás!
-¡Aquí en el árbol de arriba, tío! ¡Unas hormigas me queren comer el puerco!
-¡Espántalas!
-No me atrevo porque me da julepe. ¡Me están subiendo por los güesitos de las rodillas!
-¡Espántalas con la mano, gaznápiro miedoso!
-Ya, bueno... ­váyanse, hormigas! ¡plaf! ¡plaf!... ¡Está resultando, tío, se caen! ¡pero son muy gigantes, son más gigantes que unas concunas!
-Ven, baja del árbol con cuidado. Estás muy arriba... así, así... ¡cuidado!... ahora, tómate de esa rama...
-Está muy refalosa la rama, tío, parece que me cuedo caer.
-¡Oye, cámbiate de rama, rápido, rápido!
-¿Por qué, tío? ¡Me estoy refalando!... Parece que... ¡la rama se mueve, tío!... ¡Una serpiente culebra! ¡Guaaaaaa!
-¡Es una boa, ElMonito! ¡Que no te atrape! ¡Suéltate! ¡Salta!
-¡Ayyyyyyy!
ElMonito vuela por el aire. Su tío corre a recogerlo antes de que toque el suelo.
-¡Ya te tengo! ¡Ya estás conmigo!
-¡Tío, la culebra me quería mascar la cabeza! ¡Le vi todos los dientes! ¡Tenía unos dientes más largos! Parecían cuchillos puntudos, como unas espadas que tenía en la boca, y cuando me miró me dio sueño, parece que me estaba hicnotizando, ¿nocierto?
-Mírala, allá va de nuevo, enroscándose en otra rama. ¡Qué maravillosa es la naturaleza!
-Vámolos de aquí mejor, tío, que la culebra los cuede alcanzar y si los alcanza los cuede mascar y los cuede tragar y descués tenemos que vivir adentro del puerco de la culebra y vamos a tener que prender una velita para ver en la oscuridá y tan bien vamos a tener que andar agachaditos, porque si los paramos la culebra no se cuede estirar tanto porque es flaquita, o sea no es tan flaquita, porque la culebra era medio gordita y era bien larga, tío, ¡era más larga que la culebra de Cuchinito!
-Tienes razón, movámonos y busquemos qué hacer. Estamos completamente perdidos en el Amazonas. Sólo Dios sabe si saldremos vivos de esto.
Tío y sobrino comienzan a reconocer terreno. Mientras más abren los ojos, más cuenta se dan del lío en el que se han metido... ¡por culpa del siniestro doctor Cao de Nanjing!
-Tío, tengo calor y no corre ni un vientito. ¿Me cuedo bañar en el río?
-No creo que sea conveniente. Esta agua es muy barrosa. Mejor internémonos un poco para ver si encontramos algún afluente. Necesitamos comida y agua potable. Eso es lo primero.
-Yo quería ir a Egisto a ver las pidámides.
-Olvídate de eso. Y reza para que salgamos vivos de ésta.
-¿Estamos en peligro, tío?
-¿Que no te has dado cuenta?
-Pero ya pasó el peligro cuando se fue la culebra. Ahora estamos tranquilitos caminando por la selva. Lo único malo es que hace mucho calor y tengo ganas de bañarme en algún río.
-¡Mira, qué suerte! ¡Un arroyo de agua cristalina!
-¡Qué rico, me voy a bañar al tiro!
-Espera. Déjame beber un poco de agua primero. ¡Mmm, qué rica! ¡Toma tú también!
-Ya. Está rica. Ahora me voy a tirar un piquero. Téngame la túnica para que no se me moje. ¡Mire, tío, aprendí a tirarme piqueros!... ¡Splash!
-¡Caíste de guatazo, tonto!
-¡No, si caí de puntita! ¡Mire como nado!
-Oye, ¿aún no aprendes a desarrollar un estilo?
-¿Qué?
-Nadas a lo perrito. Eso te cansa.
-No... no me... no me cansa... ¡Tío, no cuedo hablar porque me entra agua a la boca cuando estoy nadando y hablo!, así que mejor no voy hablar...
-¡Entonces cállate!
-Tío...
-Qué te pasa ahora.
-Me está picando el pirulín.
-Te lo habrás pasado a llevar con una rama.
-Me está picando más fuerte. ¡Me duele!
-A ver, sal del agua... Ven, tómate de mi mano....
-Ya... ¡Tío, tengo una cosa que me está mascando el pirulín!
-¿Qué? ¡Una piraña!
-¡Me duele!
-Ya te la saqué. Tranquilo. Mírale los dientes a este inocente pescadito.
-Chuta, tiene como unos clavitos en la boca. ¿Las pirañas son malas, tío?
-No son buenas ni malas, pero se pueden comer a un hombre en tres minutos. Andan siempre de a cientos.
-¿En tres minutos no más?
-Claro. Si sigues nadando, en tres minutos habría sacado puros huesitos de títere.
-Chuta que es peligrosa la selva del Amazonas, tío. La piraña casi me comió el pirulín y si me come el pirulín, ¿por dónde tengo que hacer pichí, tío?
-Por el chonguito.
-Yo cuando sea grande quero tener el pirulín grande como las personas grandes. Ahora lo tengo chiquitito y a lo mejor si la piraña me lo come lo habría tenido más chiquitito y más encima que a lo mejor me habría cortado el pirulín. ¡Menos mal que me salvé! ¿Usté cree que a lo mejor ahora que me mascó la piraña no me va crecer el pirulín o me va crecer el pirulín, tío?
-No te preocupes de esas leseras, ElMonito. Hay cosas mucho más importantes en que pensar en este momento. ¡Estamos perdidos en la selva!
-Tiene susto.
-¿Yo? ¿Qué? ¿Susto? No, te equivocas. ¡Es que me da rabia!
-Pero no se ponga nervioso. Mire. Vámolos por este caminito y a lo mejor llegamos a una ciudad y llamamos por el porteléfono para que los vengan a buscar, ¿no ve?
-Sí... veo. ¡Tonto leso, no sirves de nada!
-¡Me está retando!
-¡Es que me da rabia! ¿Tú no tienes susto acaso?
-No, porque estoy con usté.
-¿Eh? Ah, bueno, es verdad. El problema es que yo, ¿con quién estoy?
-Usté está conmigo, tío.
-Claro, contigo, eso ya lo sé... ¡uf!
-¿Quere que le rasque la espalda?
-Sigamos caminando, mequetrefe. ¡Y trata de no hablar!
-Bueno, voy a quedarme calladito, pero déme la mano.
-Ven, camina conmigo.
-Qué largos son los árboles del Amazonas, tío. ¡No se ve nada para arriba, ni siquera se ve el cielo!
-Así es.
-Tío, mire.
-¿Qué?
-¡Mire! ¡El maletín del dostor Cao de Nanllín! ¡Está botado en el suelo!
-¡Vaya, es verdad! ¡Por su culpa estamos acá!
-¡Ábralo para ver lo que tiene adentro!
-Bueno. Ahora sabremos qué escondía con tanto celo.
-Abralo con un palito.
-Espera, ya se abre... un poco más... eso es... ¡ahora!
-¡Tío, mire! ¿Qué son esas cosas?
-¡Oh! Son dos corazones de niños...
-¿Corazones de niños? ¡Uaaaa!
-¡Tráfico de órganos! Ahora entiendo lo del aeropuerto. Esos dos de la morgue se los vendieron y él les pagó con billetes falsos. ¡Todos son unos bandidos!
-¿Y para qué quere corazones de niños el dostor Cao de Nanllín, tío?
-La verdad es que no lo sé, ElMonito. Me imagino que es un traficante internacional de órganos y que los vende en otros países, pero...
-¿Ve que yo le decía que el dostor Cao de Nanllín era malo, porque cuando me quería examinar le vi que tenía las uñas largas y parece que me quería sacar el corazón, y cuando se sentó en el avión me dijo que yo tenía un lindo colazón?, ¿se acuerda?
-Tenías razón. Y yo no te hice caso. Botemos esto al riachuelo. ¡Ahí va!
-¡Chuta!
-¡Oh!
-¡Las pirañas se comieron los corazones al tiro!
-En menos de un minuto. ¿No te lo dije?
-Vámolos mejor, tío.
-Sigamos el sendero.
-Tío...
-¡Qué quieres ahora!
-¿Dónde estará el dostor Cao de Nanllín?
-No sé. Podría estar cerca de aquí.
-A lo mejor los viene siguiendo y sale de un árbol y descués me pilla y me saca el corazón. Me da susto.
-Tiene que haber muerto en el salto. Nosotros nos salvamos por milagro.
-Ojalá que se lo hayan comido las pirañas, tío. ¡O a lo mejor se lo comió la culebra, porque cuando la toqué estaba gordita y le salía como un cototo que parece que era la cabeza del dostor Cao de Nanllín que estaba adentro de la culebra!
-Ven por aquí. Sujétate... salta... ¡ahora!... Vamos por este otro sendero, que parece que es más ancho... Sigamos.
-Chuta. Parece que se está oscureciendo, tío.
-Tienes razón. Será nuestra primera noche en la selva.
-Qué rico, porque en la naturaleza se ven las estrellas en la noche y el cielo se llena de puntitos. ¿Se acuerda cuando me llevó al campin de Vichuquén y salimos a cazar la luna al árbol de las peritas?
-No me hacen gracia tus recuerdos, badulaque. ¡No tenemos dónde dormir ni qué comer y tú te acuerdas de puras leseras!
-No diga esas cosas, ¿no ve que me cuede dar susto y es malo que a los niños les dé susto? ¿Ve? ¡Ahora va salir la Calavera de Gual Disney y me va comer en la selva y no voy a poder volver al clóse y me voy a morir en la selva y descués va salir en el diraio que ElMonito se murió en la selva porque se lo tragó la Calavera de Gual Disney y ni siquera le hicieron un funeral, así que nadien fue al funeral de ElMonito...
-No digas esas tonteras. Hay un problema y es simple: se nos viene la noche y tenemos que pasarla de algún modo.
-Yo creo que si los quedamos dormidos debajo de un árbol no los cuede salir la Calavera de Gual Disney...
-¡El espíritu de Walt Disney no existe! ¡Son invenciones tuyas!
-¡No, tío, si existe! Una vez lo vieron que andaba en un cementerio, arriba de una crucecita. Tenía la forma de un fantasma con cabeza de calavera.
-Ven, creo que en este rincón nos quedaremos.
-Ya, pero me da susto, tío.
-Duérmete en mis brazos. Yo vigilaré.
-Ya... qué rico... hummm...
-Así es, muy bien, duerme... duerme...
-Zzz... hummm... tío...
-¿Qué?
-¿Cómo hacen pichí las mujeres, si no tienen pirulín?

(Continuará)

Saturday, June 09, 2007

ElMonito va a Egipto (Capítulo 3)





EL SINIESTRO DOCTOR CAO DE NANJING


Dos azafatas se dirigen disimuladamente hacia el asiento 26-A y cuando están frente al pasajero le piden su maletín de mano, con toda elegancia.
Adivinen quién ocupa el asiento 26-A.
¡El doctor Cao de Nanjing, por supuesto!
-Señor, es un trámite sin importancia -le dice una de las azafatas, mientras trata de retirar el pesado objeto.
-Lo siento, quelida señolita -responde el doctor- pelo éste sel maletín de doctol Cao de Nanjing. Usal pala examinal colazón de los niños. No podel entlegal.
-Se lo vamos a devolver en un par de minutos -le dice la otra.
-Deseo más plofundo de doctol Cao de Nanjing selía complacel a señolitas, soble todo señolitas tan helmosas, pelo doctol no podel desplendelse ni siquiela un minuto del maletín. Además habel títele enfelmo que estal espelando atención.
Las azafatas se dan por vencidas y vuelven a la cabina a buscar al capitán, quien continúa comunicándose con Santiago para conocer más detalles acerca del real peligro que pudiera estar viviendo el avión, ya que un personaje como éste bien pudiese estar armado. Cuando le cuentan sobre la negativa del doctor, el capitán concluye que deberá ir a buscar personalmente el maletín. ¡Vienen momentos de tensión!
ElMonito y su tío ven pasar al capitán, muy serio, por el pasillo.
-Mire, tío, parece que el capitán va conversar con el dostor Cao de Nanllín.
-Tienes razón, ElMonito. Qué extraño.
-¿El capitán defila para el 18 de sectiembre, tío?
-Este capitán no.
-¿Por qué?
-Porque no pertenece a las Fuerzas Armadas.
-¿Y cómo tiene iniforme?
-Porque los capitanes de aviones usan uniforme.
-¿Y cómo no defilan entonces?
-Los bomberos tampoco desfilan, para que sepas.
-Ah, verdá. Una vez en mi colegio los bomberos defilaron con las bombas, tío, y justo cuando estaban defilando vino un incendio y salieron todos arrancando al incendio y las bombas empezaron a sonar papú papú papú y los niños tuvieron que hacerse para la dereda para dejar pasar las bombas y casi me atropellaron, porque yo justo estaba mirando para el otro lado.
-Bueno, ésos son desfiles especiales. Se llaman cívico-militares.
-¿Cínico-militares? ¿Qué es eso?
-Cívico-militares. La civilidad y el mundo militar.
-No entiendo.
-Burro. No sabes nada.
-¡Es que usté me esplica con palabras difíciles y yo no entiendo! A lo mejor soy tonto, por eso nadien me quere y todos no me queren y una vez el Toro le dijo al Martínez "ElMonito vale callampa" y al final me van a tirar al tarro de la basura, como un pobre perro de esos perros que se mueren y los dejan botados en la calle. Así, igual van a tirar a este pobre y triste ElMonito. Y descués cuando sea el funeral de ElMonito usté va decir: ‘‘Se murió ElMonito y era bueno’’...
-Ya te tiraste al suelo. Agradece que estás viajando en avión, bellaco.
-¡Porque yo me metí al bolso! ¡Usté me quería dejar en el clóse, para que sepa!
-Tienes razón. Pero ahora estamos juntos, que es lo más importante.
-Sí.
-¿Viste, ElMonito, que no es para tanto?
-Verdá. ¡Qués bueno usté, tío!
-Sí. Yo creo que soy uno de los tíos más buenos del mundo, ¿cierto?
-Claro.
-Toma un trencito.
-¡Gracias!
-¡Oye! ¡Mira!
-¿Qué pasa, tío?
-¡El capitán está discutiendo con el doctor Cao!
-¡El dostor viene para acá con el maletín, tío! ¡Me da susto!
(Se escucha la voz del doctor Cao en el pasillo, mientras se acerca al asiento de ElMonito.)
-¡Jamás lo entlegalé! ¡Cómo se le ocule que voy a entlegal maletín! ¡Yo sel doctol Cao de Nanjing y melecel mejol atención!
-Cálmese por favor, doctor, es sólo un procedimiento de rutina -trata de convencerlo el capitán.
-¡Pol ningún motivo! ¡Tlipulación estal humillando a eminencia científica, que sel yo! ¡Doctol tenel título de Jálval!
-Pero es que...
-¡El maletín no se able! ¡Y no se ablilá jamás!
-Entonces me obliga a... ¿Pero qué hace, doctor? ¡Qué está haciendo!
El doctor Cao bruscamente ocupa el asiento de ElMonito y sin que el tío pueda hacer nada, saca una pistola y se la pone al títere en la cabeza.
-¡Si me atlapan, títele molilá!
El capitán se echa hacia atrás. El tío no puede creer lo que ven sus ojos. ElMonito suplica:
Ausilio, ausilio! ¡Sálveme, tío, por favor, que el dostor Cao de Nanllín me quere disparar un disparo!
-¡Cállate, muñeco de tlapo! ¡Ésta es pelea de pelos glandes!
-Pero es que usté me cuede matar y yo no quero morir tuavía porque ahora voy a Egisto con ni tío a ver las pidámides de Egisto y tan bien a lo mejor voy a ver a Cleopatra y sus esclavos y a lo mejor no cuedo ver a Cleopatra y sus esclavos porque Cleopatra está fallecida y los esclavos tan bien están fallecidos, pero entonces voy a ver las momias de Cleopatra y sus esclavos, ¿no ve?
-¡Cállate, que me enfelmas!
-Deje tranquilo al niño...
-¡Y tú! ¡Cobalde! ¿Qué metelte?
-Soy el tío...
-¿Y qué impoltal eso a doctol Cao de Nanjing?
-Va ver no más que ni tío le va pegar porque ni tío es grande y tiene fuerza y tiene más fuerza que usté porque usté no es tan grande como ni tío, porque usté es más chico...
-¡Capitán, tlael scotch pala ponel en la boca del títele! ¡Doctol no aguantal más!
-No hables, ElMonito. El doctor tiene un arma.
-Yo tengo un poquito de escóch en el maletín, dostor. Si quere le cuedo emprestar. A mí me gusta pegar las cosas con escóch porque quedan pegaditas, lo único malo es que a veces el escóch se queda pegado en la cosita redonda donde sale el escóch y no lo cuedo sacar y tengo que ver dónde está la rayita para pasarle la uña y despegar el escóch, pero como yo no tengo uñas, porque tengo guantes, entonces no lo cuedo sacar, a propósito que la rayita no se ve porque es del mismo color del escóch, porque tan bien la rayita es de escóch, ¿no ve?, y tengo que esperar a ni tío para que me lo cueda sacar y tan bien a veces uso una tijera y saco la rayita del escóch y ahí me resulta, pero es peligroso porque... ¡una vez me corté la mano con la tijera, dostor, es verdá, no es mentira!
De más está decir que todo el avión dirige sus miradas al asiento de ElMonito. El copiloto ya ha dado la alarma a Santiago y el capitán suda de angustia. ¿Qué planes tendrá el siniestro doctor Cao de Nanjing con su rehén?
El doctor parece que hubiese escuchado nuestra reflexión, porque de pronto corta el diálogo y ordena a los pasajeros:
-¡Todos sentados con cintulón ablochado!
-¿Pero qué se propone...
-¡Gualdal silencio! ¡Usted, capitán! ¡Pasal palacaídas!
-N-no... hay...
-¡No impoltal! ¡Letilalse a la cabina, capitán! ¡Dejal pasillo pala que doctol Cao de Nanjing pasal con títele!
-¿A d-dónde quiere... ir?
-No hacel pleguntas. Dejal que doctol Cao de Nanjing caminal pol pasillo con títele...
El doctor comienza a desplazarse por el pasillo con ElMonito en sus brazos. Mientras con una mano agarra el maletín y afirma al títere, con la otra le apunta a la cabeza. Al tío, que seguía en su asiento, de pronto se le despierta un instinto desconocido y habla:
-Lléveme a mí en vez de ElMonito, doctor.
-Pol ningún motivo. Pol niño dal más que pol adulto. Niño sel más fácil de matal y de tomal en blazos. Adulto sel más pesado.
-No importa. Voy con ustedes.
El capitán trata de convencer al doctor:
-Por favor, doctor, no le haremos nada. Regrese al niño a su asiento...
Pero el doctor está decidido:
-¡Ablil puelta del avión!
El capitán se estremece:
-¡C-cómo se... le o-ocurre!
-¡Ablil de inmediato! ¡Me voy!
-¡Volaremos todos! -le recuerda.
-¡Ablil!
La azafata abre la puerta y el doctor Cao de Nanjing salta al vacío con el maletín. ElMonito logra zafarse del chino en el último segundo, pero la diferencia de presión es tan grande que la atmósfera chupa al títere y lo lanza también hacia afuera.
Ausilio, ausilio! ¡Me voy volando! -grita ElMonito.
El tío, que se afirmaba en un asiento mientras la azafata y el capitán hacían intentos por volver a cerrar la puerta, estira los brazos hacia ElMonito e inmediatamente es succionado:
-¡Allá voy, ElMonito! ¡Yo te salvaré! -grita, mientras vuela por los aires.
El doctor Cao de Nanjing, en plena caída, lanza una maldición que nadie escucha en la aeronave, porque ya la puerta se ha cerrado:
-¡Todos molilán!
(Continuará)

Tuesday, June 05, 2007

ElMonito va a Egipto (Capítulo 2)



(Dibujo: ElMonito)


¡ELMONITO A BORDO!


¿Será posible?, piensa Lamordes, mientras deja el whisky en la mesita plegable del asiento vacío. Nervioso, corre el cierre del bolso de mano y...
-¡ElMonito!
-¡Mi querido tío señor Lamordes! ¿Ya llegamos a Egisto?
-¡Cómo se te ocurre! ¡Qué has hecho!
-Tiene olor a vino, tío. ¿Está curado?
-Calla, animal. Me estás metiendo en un tremendo enredo.
-¿Por qué?
-No tienes pasajes ni pasaportes. ¿Sabías que los niños pagan en los aviones?
-Pero yo no soy un niño, en vez que soy un títere.
-Ahora que te conviene lo dices. ¡Para que sepas, los títeres como tú también pagan!
-Pague entonces.
-Arriba del avión no se puede pagar. Hay que pagar abajo.
-Entonces pague cuando bajemos a Egisto.
-Pero si no tengo plata. Este viaje obedece a una invitación. ¿No sabes acaso lo caros que son los pasajes?
-¿Cuánto valen los pasajes, tío?
-Como 1500 dólares.
-Chuta. ¿Eso es harto o poco?
-Harto.
-Ah, entonces no pague. Mejor me calo no más en el avión y cuando lleguemos a Egisto me mete de nuevo en la maleta y cuando lleguemos a las pidámides me saca de la maleta, porque yo quero ver las pidámides y tan bien quero ver a Cleopatra y sus esclavos y tan bien quero ver la tumba de Tutankamón. ¿Es verdad, tío, que cuando abrieron la tumba de Tutankamón vieron que le faltaba un coquito al faraón?
-¡Imbécil! ¿Dónde aprendiste eso?
-Me lo enseñó una agüelita que se llamaba Fani. Dijo que antes había una canción así.
-Mmm... qué hago con este gaznápiro. ¡Ni siquiera tiene pasaporte!
-No se enoje tanto, querido tío...
-¡Es que las tonteras que se te ocurren, tarado mental! ¡Nos van a llevar presos a los dos!
-Pero pegue esta foto que ando trayendo en un papelito y hace un pasaporte, ¿no ve que es fácil?
La discusión atrae a la azafata, quien pregunta si el títere está enfermo. Lamordes y ElMonito se miran. El tío responde, con la cara descompuesta:
-No, no, no es nada.
Pero ElMonito se mete en la conversación, como siempre:
-Es que lo que pasa es que ni tío parece que está curadito porque tomó vino y a mí no me dieron nada y yo quero comer papas fritas y tan bien quero Coca-Cola y un chocolate trencito osinó un chocolate con maní.
La azafata ríe y vuelve de inmediato con el pedido. ElMonito se pone feliz. Su tío respira, aliviado, pero le advierte:
-Agradece que no se dio cuenta que entraste sin pasaje. Porque de lo contrario te habrían tirado por la ventana.
Los dos sonríen. ElMonito obliga a su tío a sentarse en el asiento desocupado, porque él quiere ir mirando por la ventanilla. Todo marcha bien hasta el momento, pero un extraño personaje se les acerca de pronto.
-Buenas taldes, señol -le dice al tío Lamordes.
-Buenas tardes.
-Qué lindo títele. Escuché que estal enfelmo.
(Qué raro -piensa el tío-, un chino en el avión. ¿Será el famoso doctor del que hablaban en el aeropuerto?)
-No es nada, señor, le duele un poco la garganta, nada más.
-Ah, ésa sel una de mis especialidades. Pelmítame que me plesente. Soy el doctol Cao de Nanjing.
-Mucho gusto... ¿doctor?... ¿Cao?
-Doctol Cao de Nanjing.
El tío introduce un arriesgado tema de conversación.
-Doctor Cao de Nanjing. ¿No es usted el doctor que trabaja en la morgue?
-¡Qué! ¿Cómo dice?
-... La morgue, el lugar donde se practican las autopsias.
-¿Cómo poseel ese dato, que pol lo demás sel incolecto?
-Es que lo vi en el aeropuerto.
-¿Vel al doctol Cao de Nanjing en aelopuelto? ¡Qué intelesante!
-Esteee, no a usted. A unos funcionarios de la morgue.
-¡Qué! ¿Dónde? ¿Subilían al avión? ¿Sabel eso usted?
-Me parece que no abordaron la aeronave, doctor. Andaban buscando un maletín extraviado, me parece. Yo pensé que usted...
-¿Convelsal con ellos?
-No.
-Doctol Cao de Nanjing no conocel a nadie. Doctol viajal solo a un congleso, pala que sepa. Doctol no tenel amigos. Peldón, tenel muchos amigos, pelo sel todos niños.
-¿Viaja a Egipto también?
-No, doctol bajal en plimela escala. En Lío de Janeilo. Pelo déjeme examinal a este títele, que palece que le duele el colazón.
(Qué raro -vuelve a pensar el tío-. Insiste en auscultar a ElMonito. Y si lo hace, ¿habrá que pagarle?)
-No es necesario, doctor, no se moleste -le dice.
-Todo lo contlalio. Pala mí sel un veldadelo placel.
ElMonito reacciona, angustiado:
-Tengo miedo, tío. No quero ir al dostor, porque me cuede poner una indección.
-¡No pleocupalte, quelido niño! Doctol Cao de Nanjing no ponel inyección. Doctol Cao de Nanjing sólo examinal colazón de los niños, polque sel especialista en ese ólgano.
-Pero se trata solamente de una leve molestia en la garganta, doctor. No es para tanto.
-¡Sel pala tanto! Este... peldón... me emocioné. Sel extlemadamente impoltante, honolable señol, polque galganta mala puede peljudical colazón de los niños.
-Bueno, si usted insiste... aunque no creo...
-Déjeme examinal con tlanquilidad.
-¡No quero, tío! Me da miedo el dostor Cao de Nanllín, porque tiene las uñas largas.
-Es pala sacal... peldón... pala examinal mejol colazón de los niños.
-¿Sabe, doctor? Mejor dejémoslo para más rato, porque ya van a dar el almuerzo.
-Pelo el títele ya almolzó.
-Esteee... fue sólo un tentempié...
-Ya no quero comer más, tío, porque se me quitó el hambre con las papas fritas. Ahora tengo como una pelota en la guata y me da como una cosa. Parece que cuando me tomé la Coca-Cola no me salió niun chanchito.
-Calla, animalejo. Sé más educado.
-Con mayol lazón entonces hay que examinal. Títele puede enfelmalse...
-¡Yo nunca me enfermo, para que sepa! Y la última vez que estuve enfermo me pusieron una indección y como apreté tanto los cachetes la buja se dobló y salió toda doblada y más encima me tuvieron que poner de nuevo la indección porque la enfermera dijo que el líquido no había entrado porque la buja se había doblado y no había dejado que pasara el líquido.
-Doctol Cao de Nanjing nunca colocal inyección a los niños...
-Está bien, doctor Cao, le creo. Pero luego del almuerzo nos visita, ¿de acuerdo?
-Si desea, mientlas usted almolzal, yo examinal al títele.
-Prefiero que no.
-Mmm... bueno, honolable señol, como usted diga. Pelo lecuelda, quelido títele: el doctol Cao de Nanjing letolnalá.
(El doctor Cao vuelve a su asiento. El tío le comenta a ElMonito.)
-¡Qué doctor más extraño e insistente!, ¿no crees?
-Yo creo que cuede ser un dostor malo. ¿Hay dostores malos, tío, o todos los dostores son buenos?
-Hay buenos y hay malos, pero en general la gente piensa que todos son buenos, por el sólo hecho de ser doctores.
-A mí me gustan los dostores buenos y yo creo que el dostor Cao de Nanllín es malo porque tiene las uñas largas.
-Es tu imaginación. Parece un doctor como cualquier otro, con la única diferencia que es chinito.
-¡Pero los chinos con uñas largas son malos, tío! Además que son misteriosos y más encima que una vez se comieron los ratones y por eso en China se murieron los gatos, porque se pusieron todos flaquitos y como les dio tanta hambre pararon las patitas, porque no podían comer ratones, porque los chinitos se habían comido los ratones. Y quedó un puro gato vivo, que se llamaba Gato Estinfis. ¡No tiene pelos! ¡Tiene cuero de gallina y las orejas largas, tío!
-Lo confundes todo. Una cosa es la gran hambruna china y otra cosa es ese gato, llamado de verdad ‘‘Gato Esfinge’’, que es una raza de laboratorio.
-Me da miedo el Gato Estinfis, tío.
-¿Dónde leíste esta historia?
-En el Discoveriquís, tío. Es verdá, no es mentira.
-Estás viendo demasiada televisión. Vamos a revisar tus hábitos de aquí en adelante.
-¡Tío, viene la zafata con las bandejas con la comida!
-Mmm... ¡qué bien huele!
-Yo quero comer puros chocolates.
El tío abre el papel aluminio de su platillo y ante su vista queda una sabrosa carne de lomo en salsa blanca, con verduras cocidas. Corta un buen pedazo y lo trincha para llevárselo a la boca. En ese momento le habla de nuevo su "querido mequetrefe".
-Tío, quero hacer caca.
-¡Cómo! ¡Justo ahora, infame!
-Sí.
-Espera un rato.
-Ya me hago.
-¿No puedes aguantar?
-Es que me voy a hacer. ¡Se me está saliendo una puntita, tío!
-Vamos de inmediato, entonces. ¡Lo único que faltaba!
(En el baño.)
-Ahhh...
-¿Hiciste?
-Sí, ya hice, pero me falta un poquito. Mire, tío, que hay hartas cositas en el baño.
-Son jabones y toallas de papel.
-¿Y para qué sirven?
-Para lavarse y secarse las manos.
-Ah. ¿De dónde sacan el agua los aviones?
-No sé. Apúrate.
-Ya terminé. Límpieme no más.
-Listo. Vamos.
-Qués chico este baño. Y no tiene ninguna ventana, tío. Oiga, ¿cuando uno tira la cadena la caca cae para abajo de la tierra?
-¿Sabes? La verdad es que lo ignoro.
-A propósito que una vez cuando estaba abajo en la tierra parece que me cayó un poco en la cabeza, más encima que parece que era caca de paloma, tío.
-Seguro.
Una vez que retornan a sus asientos, el tío vuelve a comer hasta raspar su plato. ElMonito casi no toca la comida de su bandeja, porque se entretiene mirando por la ventanilla.
-¡Tío, se ve la tierra como verde y un río de culebrita! A lo mejor la caca cayó al río y el río se contaminó.
-Mmm... no digas garabatos... crunch... debemos estar volando sñam, crunch... crunch... sobre el Amazonas.
-Chuta. Menos mal que los cocodrilos no tienen el cuello como las jirafas, porque osinó a lo mejor estiran el cuello y mascan el avión.
Mientras tío y sobrino conversan animadamente (más el sobrino que el tío) en la cabina, el capitán recibe un llamado desde el aeropuerto, que le advierte sobre... ¡un maletín refrigerado que contiene dos corazones de niños, recién extraídos en la morgue! El terrorífico maletín lo lleva el pasajero del asiento 26-A. La tripulación se reúne de inmediato para analizar este grave caso de tráfico de órganos. La decisión no tarda en llegar: hay que interrogar discretamente al pasajero para comprobar la veracidad de la denuncia. Pronto se elabora una estrategia que no ponga en peligro la vida de los pasajeros.
¿Quién habrá hecho la denuncia? ¿El Chamelo y el Cochefa? ¿Y quién será el traficante?
(Continuará)