ElMonito

Me yyamo ElmOnito y tengo 7 años y ¡sienpre boi en primero, nunca paso! Ni tio el señor Lamordes sienpre me reta por qe puro cree qe qero comer chocolate trencito en vez qe llo lo qe puro qero es no aburrirme y jugar. Ogalá jugar a la pelota o tan bien jugar plaistechon o tan bien pegar láminas de álbun. Ni tio es periodista y me ase dormir en el close de su ofisina. Ni tio dise que me qere bastante. LLo tan bien lo qero a él pero es muy retón. Grasia.

Friday, July 13, 2007

ElMonito va a Egipto (Capítulo 13)

¡HELICÓPTERO A LA VISTA!

Los minutos pasan, no en vano. Tanto el tío como su sobrino comienzan a sentir un hormigueo, como una picazón que de pronto se torna insoportable. ¡Son las pirañas, que se los quieren devorar! Los peces le muerden las manos y el cuello al tío y las canillas flacas a ElMonito. No queda otra solución que salir a la superficie, a enfrentar al doctor Cao y a los indios.
Ambos, sin ponerse de acuerdo, sueltan sus cañas snorkel y emergen rápidamente.
-¡Auch! -grita ElMonito.
-¡Ahh! -dice su tío.
Las pirañas aún cuelgan de las ropas y más de una insiste en morder la sabrosa y tierna carne titeril.
-¡Tío, sáqueme esta piraña que me está mascando el huesito de la rodilla!
-¡Shhh! Te la saco al tiro, pero no hables más. Parece que estamos con suerte.
-Ahhh, gracias, pero no la tire tuavía al río, porque quero ver de nuevo los dientes de las pirañas. ¡Chuta, son como escobillitas filudas! Y los ojos los tienen como con sueño. ¿Las pirañas duermen con los ojos abiertos o duermen con los ojos cerrados, tío?
-Shhh...
-¿Y cómo cueden dormir si no tienen cama ni tienen almuada y lo más importante es que cómo van a poder dormir si el agua se mueve y se las cuede llevar la corriente y entonces chocan con una roca y cueden quedar con traubatismo, y entonces las tienen que llevar al hospital...?
-Cállate, gusano con orejas.
-¿Por qué no quere que hable? ¿Le van a dar los turururus de nuevo, querido tío señor Lamordes?
-Shhh... te digo que te calles.
-¿Por qué dijo que estábamos con suerte?
-¿Que no te has dado cuenta?
-¿De qué, tío?
-El doctor Cao no está. Se fueron todos.
Verdá!
-Siguieron el bote. Aún creen que vamos debajo.
-¡Los engañamos, tío!
-Pero no cantes victoria. No deben de andar muy lejos. El bote habrá navegado cuando más unos cien metros.
-Pero cien metros es mucho, tío. Es como el Estadio Nacional.
-Cien metros es menos de una cuadra, tonto. No se demorarían ni dos minutos en volver hacia acá. Aunque en la selva las distancias cambian.
-Vámolos para dentro de la selva entonces, tío, y los perdemos y descués los venimos de nuevo a la orilla y descués no sé qué más.
El tío, que a veces no es tan tonto, le hace caso a la intuición infantil y camina con ElMonito selva adentro, hasta perderse entre unos arbustos que aún gotean por un reciente aguacero. Ambos pasan el día entero bajo las plantas, cuidándose de las arañas, las serpientes y los mosquitos. Cuando anochece buscan un refugio seguro y se duermen, exhaustos. A lo lejos, una fogata despide una humareda que se levanta entre los árboles y sale hacia la atmósfera, oscureciendo un pedacito de cielo. ¡Es el doctor Cao de Nanjing y sus secuaces, que han armado un campamento!
-Títele de nuevo escapal y engañal al doctol Cao -gruñe el chino-... y todo... ¡pol culpa de indios!
Los indios, que ya no tienen corazón, lo miran, indiferentes.
-¡Pelo los encontlalé y los dos molilán! -grita Cao.
Al amanecer, ambos grupos se ponen muy temprano manos a la obra para reanudar la jornada. El pequeño grupo, que conforman el tío y su sobrino, se lanza nuevamente al río, esta vez sobre un tronco de corcho. El grupo de los malos, al mando del maléfico oriental, se divide en tres: cinco indios penetran en la selva, el doctor Cao y otros cinco se internan en las aguas del Amazonas, y dos indios suben a los árboles para detectar el panorama.
-¿Vel al títele desde aliba? -pregunta Cao, mientras los indios reman.
Los indios-vigías mueven la cabeza de lado a lado.
En otro sector de la jungla, no tan lejos...
-¡Tío, parece que escuché la voz del dostor Cao de Nanllín!
-Tienes razón, era él.
-Venía de allá, justo para donde vamos nosotros.
-Pero estamos obligados a seguir. No podemos ir contra la corriente.
-¡Entonces los van a pillar y los van a matar y a lo mejor los come el corazón el dostor Cao de Nanllín!
-No creo, porque ellos también reman hacia adelante.
-De veras. ¡Entonces nunca los cueden encontrar, así que sigamos remando tranquilitos!
-No te confíes.
-¿Cuándo vamos a llegar al río Loa, tío?
-Nunca, leso. Lo que espero es salir a una parte más ancha, donde se pueda ver el cielo.
-Entonces justo le achuntó, porque allá se acaban los árboles y se ve el cielo, porque el río Amazonas se pone más grande y entonces los árboles quedan muy lejos y no cueden taparlos, porque ahora puro los tapan y se ven puros árboles y ramas y puros monos que saltan y ya me estoy aburriendo de nuevo de la selva, tío.
En efecto, el tronco flota ahora en pleno Amazonas y nuestros amigos navegan a río abierto. Cualquiera que mirase ahora desde arriba vería un puntito de vida humana en el río. ¿Cualquiera hemos dicho? ¿Hasta un indio? ¡Por supuesto! ¡Y está sucediendo lo que temíamos!
-¡Dónde, dónde! -grita el doctor Cao, desde su bote.
Los indios-vigías le señalan el lugar del tronco flotante.
El doctor ordena:
-¡Plonto, devolvel lío abajo!
Los indios, que son cinco, como hemos dicho, tienen fuerza y se la ganan a la corriente. El bote de Cao avanza sin grandes dificultades.
-¡Allá estal títele! -grita de felicidad el horrible doctor Cao, apenas divisa el tronco donde navega ElMonito, a lo lejos.
No es el único en hacer el descubrimiento.
-¡Tío, el dostor Cao de Nanllín viene ahora remando para el lado de acá!
-Ahora sí que fregamos, ElMonito. La corriente nos llevará a ellos sin que podamos hacer nada.
De pronto se escucha un ruido de motor, desde el cielo. ¡Es un helicóptero que anda en busca de los pasajeros perdidos del avión! ¡Las esperanzas no han muerto!
-¡Tío, allá viene un helicósteroLos viene a salvar!
-¡Ehhh! ¡Aquí estamos! ¡Auxilio! -grita el tío con toda su voz, que no es mucha.
ElMonito lo aconseja.
-Mejor mueva el puerco, tío, porque yo creo que su voz no se va escuchar adentro del helicóstero. ¿No ve que tienen las ventanas cerradas y tan bien a lo mejor vienen escuchando la radio?
El tío se saca la camisa y la agita al viento. El aparato parece detectarlos, porque bruscamente hace un giro desde la selva hacia el río.
-¡Aquí estamos! ¡Auxilio!
-¡Ausilio, señores del helicóstero! -grita ahora ElMonito.
Mientras, el bote del doctor Cao, que también divisó a la nave, está cada vez más cerca.
-¡Lemal, lemal, pala que helicóptelo no los pueda salval! -ordena Cao- ¡Lemal, lemal lápido, que doctol Cao de Nanjing tenel ganas de comel colazón de títele!
-Nunca te comerás el corazón de ElMonito! -le responde el tío, que ya escucha lo que se habla en la otra embarcación.
-No deje que el dostor Cao de Nanllín me saque el corazón, tío, porque osinó voy a tener que respirar por un tubito, porque no voy a juntar oxígeno cuando me saque el corazón.
El ruido del helicóptero ahora es intenso y calla todo otro sonido. El agua del río empieza a levantar olas debajo de las aspas. ¡De la ventana cae una escala hecha de lienzas y maderos, que se bambolea entre uno y otro bote!
Entonces sucede lo increíble: el tío Lamordes da un salto y se agarra de la escala. Con dificultad comienza a subir los peldaños, sin mirar hacia abajo. Cuando está a salvo, ya en la mitad de camino hacia la cabina del helicóptero, se acuerda de su sobrino, el mequetrefe. Su mente se activa:
-¡Agárrate de la escala, ElMonito! ¡Sálvate! -le grita.
-¡No cuedo, tío, porque usté se mueve mucho! ¡Y en vez que la escalera del helicóstero está muy arriba y entonces yo estoy muy abajo del bote y además que salto y el tronco de bote se va dar vuelta y me voy ahogar y a lo mejor entonces me comen las pirañas, tío...
-¡Es la escala la que se mueve! (el tío les grita a los pilotos) ¡Bajen un poco la escala!
-Pero usté se mueve tan bien, justo para el otro lado de la escala.
-¡Afírmate como puedas! ¡Rápido!
-¡No cuedo!
El doctor Cao también intenta agarrarse de las lienzas y los peldaños y casi lo consigue. Si pensamos bien nos daremos cuenta que los ocupantes del helicóptero sólo ven dos botes en el río. ¿A cuál de ellos le han arrojado la escala? ¿Al tío y su sobrino? ¿Al doctor Cao de Nanjing? ¿A los dos? ¿Pueden distinguir quién es quién desde la altura?
Cuando la balsa de ElMonito ya va a chocar contra el bote del Doctor Cao, ElMonito alcanza a afirmarse del último peldaño y queda volando en el aire.
-¡No te sueltes! ¡Sube, sube hasta arriba! -le ordena su tío.
Arúyeme, tío, porque osinó el Dostor Cao de Nanllín los va sacar el corazón y los va comer el corazón para que sepa!
-¡Sube! ¡Más arriba!
-¡Títele maldito! ¡Molilás como un pelo! ¡Lanzal celbatanas!
Los indios, actuando por instinto, expulsan sus dardos venenosos hacia la escala y casi dan en el blanco. Uno de ellos se entierra en la zapatilla del títere. ElMonito continúa trepando y de pronto unas manos lo agarran y lo suben al helicóptero, ante la desesperación del chino.
-Me salvé -dice ElMonito, mientras se saca el dardo.
-Chuta, es puntudito -agrega.
Los pilotos les hacen preguntas en un idioma extraño.
-Tío, no entiendo lo que me dice el señor Pelé -dice ElMonito.
Los pilotos le muestran una foto de Cao al tío. Desde el río, el chino exclama, rabioso:
-¡Molilán todos!
Lamordes abraza a ElMonito y ambos saltan de alegría.
-¡Estamos a salvo, ElMonito! ¡Gracias a Dios!
-¡Voy a poder jugar a los flíper en Santiago! Y a lo mejor tan bien voy a ver las pidámides de Egisto, chuta, la suerte. Ojalá que no esté cerrado Egisto.
Mientras el helicóptero se aleja, los pilotos se comunican por radio con otras naves. Al parecer les piden que se dirijan hacia donde está el bote que traslada al doctor Cao, porque se les puede ver entre las manos un afiche con el letrero ‘‘Se busca’’ debajo de la foto del chino. No pasan dos minutos cuando se cruzan con dos helicópteros.
-Van a buscarlo -comenta el tío.
-Yo creo que se lo van a llevar preso, porque el dostor Cao de Nanllín es malo, pero lo más importante es que si se lo llevan preso el dostor Cao de Nanllín no va poder sacar niún corazón más de niún niñito, a propósito que a lo mejor les saca el corazón a los presos y todos van a tener que respirar por puros tubitos y más encima que ahora me dio hambre y quero comerme un plátano, tío. ¿Por qué no le pide a los señores del helicóstero que los bajen a la selva para sacar un racimo de plátanos para que los comamos unos plátanos?
Uno de los pilotos le convida un chocolate, que el títere se come con ansias, no sin antes dar las gracias ‘‘a los señores del helicóstero’’. Ya repuestos, tío y sobrino vuelven a ser los de siempre.
-Gracias, querido tío por salvarme.
-De nada, gaznápiro. Tú sabes que tuve que subir primero para poder agarrarte mejor.
-Sí tío, porque si yo subía primero entonces no lo podía subir a usté porque usté es más pesado y usté se está poniendo guatoncito, entonces los caíamos al río Amazonas y los comían las pirañas y si no los comían las pirañas entonces el Dostor Cao de Nanllín los iba a sacar el corazón. ¡Es verdá, no es mentira!
Abrazado a su tío y sentado en sus piernas le habla, mientras observa la jungla desde la altura:
-Cuando grande voy a ser investigador para investigar los misterios de la selva, y tan bien me voy a venir a vivir al río Amazonas porque es más divertido que vivir adentro del clóse, a propósito que lo estaba pasando más bien y justo ahora los rescataron los señores y más encima que no cude ver niún lión y tan poco ya no me daban ni miedo los cocodrilos ni las culebras ni tan poco los pájaros ni siquera zzz... zzz... zzz...

--- FIN ---

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