ElMonito

Me yyamo ElmOnito y tengo 7 años y ¡sienpre boi en primero, nunca paso! Ni tio el señor Lamordes sienpre me reta por qe puro cree qe qero comer chocolate trencito en vez qe llo lo qe puro qero es no aburrirme y jugar. Ogalá jugar a la pelota o tan bien jugar plaistechon o tan bien pegar láminas de álbun. Ni tio es periodista y me ase dormir en el close de su ofisina. Ni tio dise que me qere bastante. LLo tan bien lo qero a él pero es muy retón. Grasia.

Tuesday, June 26, 2007

ElMonito va a Egipto (Capítulo 6)

EL ASESINO DE LA SELVA

Tenemos repartidos a nuestros personajes en la jungla del Amazonas. ElMonito ha sido atrapado por una tribu de la que hasta el momento no sabemos nada, salvo que sus miembros usan cerbatanas. Su tío, muerto de miedo durante la tormenta, recobra fuerzas y vuelve al sendero que lo ha de llevar a su querido títere, espera él. Pero hay un tercer personaje del que nos habíamos olvidado. ¡El doctor Cao de Nanjing! ¡Qué error el nuestro, el de pensar que había muerto y que su historia se acababa al final del cuarto capítulo!
Error, sabrán, porque el fatídico doctor, al igual que ElMonito y su tío, se salvó y ahora está en la selva, cerca de ellos.
Ningún ser humano lo ha visto aún. Reconstruyamos, pues, su historia.
Cuando cayó del avión saltó de sus manos el misterioso maletín, que encontraron más tarde ElMonito y su tío. El doctor Cao fue a dar a las ramas de una ceiba, el árbol más gigantesco del Amazonas, que puede medir lo que dos postes de alumbrado, uno arriba del otro.
-¡Ay -dijo, cuando estuvo bien agarrado del árbol- lama entelal espalda!
El doctor es un hombre malo, pero inteligente. Como ya lo han descubierto, se nutre de corazones de niños, que arranca a cualquier precio. Cuando no los puede sacar con sus propias manos los compra recién muertos, como lo hizo con aquellos corruptos empleados de la morgue. ¡Pero los paga con billetes falsos, porque él no conoce las reglas morales!
Para el doctor Cao de Nanjing todo vale, con tal de satisfacer su constante apetito de corazones infantiles, frescos y tiernos.
¿De qué ha vivido entonces el doctor en la selva, si no se ha topado con ningún ser humano?
Luego de su aterrizaje, el chino bajó por la ceiba, abriéndose paso entre sus magníficas hojas rojizas. En tierra firme satisfizo su sed y de inmediato se dio a la tarea de buscar qué comer. Estudió el entorno sin ninguna clase de admiración, sino solamente con afán práctico; reparó en el tipo de flora y fauna en el que se hallaba inmerso, y muy pronto surgió en él la terrorífica idea.
Colgado en unas lianas vio a un grupo de monos y razonó de inmediato: ‘‘mono sel animal más palecido al homble’’.
¡Oh, no! ¿qué se propone el doctor Cao?
-Lindo monito. Venil pala acá, con tatita Cao de Nanjing.
-Mic mic mic -respondían los monos, desconfiados.
-Comel plátano que doctol sacal pala monitos. Lico plátano, liquísimo plátano que gustal a todos los monitos.
-Mic mic mic.
El más chico se fue acercando, como siempre, porque los niños son las personas más confiadas del mundo. Sus ojos y su olfato se dejaron tentar por el banano que le ofrecía el horrible asesino. Cuando estuvo muy cerca... ¡cuidado! El doctor Cao lo agarró de una mano y lo atrajo hacia su cuerpo, mientras los demás monos aullaban, como pidiendo auxilio.
-¡Mic mic mic!
-Ya sel mío. Sentil mucho, quelido monito, pelo colazón de niños sel alimento de doctol Cao de Nanjing. Sin colazón, doctol Cao molil en la selva. Y doctol Cao no deseal molil, sino que deseal estal vivo y sin hamble.
Mientras hablaba, el pequeño mono movía las patitas y las manos. De pronto surgió del pecho del pobre animal la mano ensangrentada del horrible chino, con el corazón del mico aferrado entre las garras. ¡Glup!, de un solo bocado se lo comió.
-¡Mic mic mic! -chillaron los demás monos, horrorizados, y huyeron por lacres, lianas y gomeros hasta perderse en la densa jungla.
-Colazón de monito sel buen alimento mientlas doctol Cao de Nanjing encontlal niños de veldad. Mmm, no está mal, tenel sabol palecido -pensaba en voz alta el siniestro personaje.
El doctor Cao no es feliz en ninguna parte, aunque si le dan a elegir, prefiere la ciudad antes que vivir en contacto con la naturaleza. En la ciudad le es posible desarrollar todas las facetas de su maldad, mientras que entre plantas e inocentes animales sus acciones no le provocan la satisfacción que eternamente anda buscando. Para él, un corazón de monito es como un plato de albóndigas, que sirve para quitar el hambre; mientras que un palpitante órgano infantil equivale a una verdadera torta de chocolate, o si se prefiere, a un paquete gigante de papas fritas.
Por eso, apenas hubo satisfecho su apetito a costa del pobre macaco, se entregó a la tarea de construir una balsa. No le costó mucho, pues cerca suyo había un tronco destruido por un rayo, que ahuecó lo suficiente como para convertirlo en bote. Lista su faena, fabricó un remo y se largó a navegar por un afluente del Amazonas. Se fue despacio, eludiendo las lianas que colgaban de los árboles, por un riachuelo metido en la oscura selva, mirando de vez en cuando las mariposas gigantes que se le atravesaban y los rayitos de sol que de repente le daban en la cara, esquivando los tacos que se armaban en el agua o frenando la barca cuando la corriente se hacía más brusca; mirando hacia arriba cuando surgían voces de animales o mirando hacia abajo, si un caimán se acercaba demasiado. Así navegó hasta que de pronto el río se ensanchó, cambió de color y se incorporó al gran Amazonas, que le abrió todo un horizonte.
-Qué lío tan glande, palece como si fuela un mal o un océano -exclamó, asombrado.
Tanta navegación lo cansó. A media tarde se dejó llevar por la placidez de la corriente y se quedó dormido arriba del tronco. Debió dormir más de lo común, porque cuando despertó el sol ya se ponía y de nuevo tenía hambre. Atracó el bote a la orilla y se sentó a esperar la llegada de los infaltables monos.
Es hora de que sepan que el doctor no necesita linterna, porque tiene ojos luminosos. Alumbran como pequeños rayos, casi como focos de bicicleta. De noche, pues, su aspecto es más temible que de día, tanto para los seres humanos como para los animales.
Cao alzó la cabeza hacia los árboles, buscando qué comer. Oscurecía.
-Qué piedla tan dula donde estal sentado. Palecel como cuchillo -dijo.
No se daba cuenta de que se iba moviendo solo hacia el río, hasta que miró al suelo y descubrió que se había sentado en el lomo de un caimán. El animal, de piel bastante insensible, tampoco había reparado en lo que llevaba a cuestas, hasta que ambos de repente se miraron a los ojos y se desató la batalla. ¡El reptil abrió sus fauces e intentó devorar al maléfico doctor!, pero éste tomó el remo y le dio de palos. El animal agitó la cola como un látigo y le partió en dos el remo, dejándolo sin armas aparentes, obligándolo a retroceder a la espesura.
Desde los árboles, varios indios camuflados contemplaban en silencio la pelea.
-¡No me comelás, cocodlilo! -gritaba el doctor- ¡Sabel que ningún animal sel capaz de vencel a doctol Cao de Nanjing!... ¡Polque doctol Cao de Nanjing tenel podeles!... ¡Auch!... ¡Y siemple ganal!... ¡Uf!... ¡Nunca peldel!
El caimán y el maléfico chino continuaban forcejeando en la hierba húmeda de la selva y sus cuerpos, como rodaban, se iban acercando a la orilla, donde esperaban más caimanes hambrientos.
¿Perderá la lucha por fin el doctor Cao? ¿Irá a dar a las fauces de los saurios?
Cuando la batalla parecía decidida en favor del animal, de pronto éste abrió el hocico, se retorció y agitó la cola varias veces, hasta quedar exánime. El doctor, respirando dificultosamente y todo rasguñado, se hizo a un lado y retiró de un golpe su mano derecha del cuerpo del caimán, arrancándole el corazón ante la mirada atónita de los indios y el instintivo terror de los demás saurios, que de inmediato se echaron río adentro.
-¡Ja, ja, ja! ¡Otla vez doctol Cao ganal lucha cuelpo a cuelpo! -gritaba el siniestro personaje. Y hasta los búhos callaban y no se sentía un sólo ruido en la selva, porque el mal nuevamente había vencido y los animales, chicos y grandes, corrían a sus escondrijos antes de que Cao los detectase.
-Este colazón sel asqueloso, no tenel gusto a nada... ¡guac! -comentaba el doctor, sentado a los pies de un plátano, con la víscera del caimán en la mano-... pelo... qué vel mis ojos... ¡indios con tapalabos!
En efecto, los indios, vestidos sólo con taparrabos, bajaban lentamente de los áboles, como si obedecieran una orden, hasta que el doctor quedó rodeado. Eran más de veinte contra un solo chino. Ya estaba oscuro.
¿Habría llegado su fin esta vez?
Entonces sucedió lo inesperado: ¡los indios se arrodillaron a sus pies y le comenzaron a hacer reverencias! ¡Lo confundían con un dios, por tener ojos luminosos y haber vencido al gran caimán!
-¡Qué indiecitos tan inocentes! De segulo habel indios niños entle ellos. Vamos a vel de qué tlatal todo esto y qué plovecho podel sacal -exclamó Cao.
Los indios lo subieron a una esterilla y lo llevaron en andas entre cuatro, mientras dos le iban echando aire con hojas de palmeras.
-Qué ailecito má lico; seguil, seguil -comentaba el criminal, con esa vocecilla que lo hacía aparecer como un inofensivo hombrecito.
La caravana caminó toda la noche por la selva y el doctor, sintiéndose cómodo a pesar del calor y la humedad, se dedicó a dormir hasta bien entrada la mañana. Cuando despertó le pareció todo igual: los árboles y plantas eran los mismos, los monos saltaban de rama en rama y las aves y mariposas maravillaban con sus colores. Un papagayo parado en un gomero habló algo sumamente extraño, aunque familiar:
-¡Tío señor Lamordes, tío señor Lamordes! -decía desde lo alto del árbol.
-¡Qué culiosidad más glande! -pensó el doctor Cao- Este animal habel estado con alguien que sabel nomble del pasajelo señol Lamoldes. Y única pelsona que sabel su nomble en el avión sel... ¡ElMonito!
El doctor sonreía de sólo pensar en el títere.
-Eso quelel decil que ElMonito estal también en Amazonas y celca de aquí, polque pájalo imital sonido y aplendel nomble de boca de ElMonito. Entonces todavía podel sacal colazón de títele, que sel blandito.
Ahora caía el temporal, el mismo que sorprendió a nuestros amigos. Los indios se guarecieron y protegieron a su nuevo dios, el doctor Cao de Nanjing. Luego del chaparrón siguieron su camino por la hierba espesa. Las serpientes volvían a salir y amenazaban las piernas de los indios, quienes parecían adivinar su presencia, pues siempre las esquivaban con éxito. De pronto la selva se abrió y por primera vez el doctor Cao vio tierra a sus pies, no plantas ni pasto. A lo lejos divisó un claro en el que se levantaban seis a siete chozas. El lugar limitaba con una orilla del río. Mientras el grupo hacía su ingreso con el doctor Cao a cuestas, del sendero opuesto surgió otra comitiva de indígenas con su prisionero. Ambos recién llegados a la tribu se miraron las caras:
-¡El dostor Cao de Nanllín! -gritó ElMonito y puso una cara de terror, dándose cuenta de que ahora, en vez de un peligro, tenía dos.
-¡Títele del avión! -dijo Cao, sonriente.
-¡Me pillaron los calíbanes y parece que me quieren comer, porque en el viaje me pegaron unas mascadas! ¡Es verdá, no es mentira! -le comentó al doctor.
-No pleocupal, quelido títele. Doctol Cao de Nanjing contlolal indios. Tlibu sel muy pacífica.
-¿Entonces no me van a comer, dostor Cao?
-Los indios no... este, indios no comel a ElMonito. Indios comel plátanos, flutas y animales. No comel seles humanos ni títeles.
-Chuta, entonces me salvé. A lo mejor voy a alcanzar a ir a Egisto con ni tío a conocer las pidámides, pero no cuedo ir solo porque no me sé el camino. Ojalá que ni tío no se lo coma un lión de la selva y venga a buscarme para que nos vamos a Egisto.
Los indios bajaron a tierra al doctor, mientras amarraban a un palo a ElMonito. El títere, extrañado, le decía a Cao:
-¡Dígales que me suelten, dostor Cao de Nanllín! ¡Dígales que soy amigo suyo!

(Continuará)

6 Comments:

  • At 8:28 PM , Anonymous Negra... said...

    UUUUhhh¡¡¡ ya hay cinco capitulos más y esta historia esta que arde¡¡¡
    ojala que en la tribu se den cuenta de lo malo que es el doctor.... y el tio lamordes? podra salvar a Elmonito?

     
  • At 10:16 AM , Blogger Alejandra said...

    Hola Monito... tanto tiempo sin visitarte. Veo que la historia está llegando a niveles extremos para que tengas que pedirle ayuda al doctor Cao de Nanllín... ¿Y el tío señor Lamordes, dónde está? ¿Dónde?
    Saludos amigo.

     
  • At 4:30 PM , Blogger Cristian said...

    Sacarach es una alpargata al lado de este caballero... ¿Se come crudos los corazones?

    ¿Y ya llegamos al Amazonas? :-)

    Saludos.

     
  • At 7:55 PM , Blogger Melissa said...

    Prometo que cuando termine mis certámenes me pongo al día con la lectura, señor Lamordes.

     
  • At 9:50 PM , Blogger Melissa said...

    Esto podría llevarse a la pantalla grande. Tal vez el Dostor Cao no tiene corazón por eso saca los corazones de los niños, onda El Perfume, en que el asesino no tiene olor entonces.... no cuento más, mejor vea la película o lea el libro ;-)

    Saludos!

     
  • At 12:15 PM , Blogger Coyote Sorge said...

    INVITACIÓN


    http://coyote-sorge.blogspot.com/2007/07/exposicin.html


    - de Espejos y Ventanas -

    Mi exposición ya está confirmada, consta de una selección de dibujos y prosa del 2005 y posteriores, y se realizará en la Biblioteca de Santiago, en el 1º piso, Sala Novedades, y durará del martes 10 al martes 31 de Julio. Entrada Liberada.

    INAUGURACIÓN:
    Martes 10 de Julio, a las 18:40 hrs.
    quedan todos cordialmente invitados, y pueden asistir con quien/nes quieran.




    (afiche : http://img442.imageshack.us/img442/8539/aficheexpo04al25ka3.jpg )

     

Post a Comment

Subscribe to Post Comments [Atom]

<< Home